Por qué es importante la encarnación

6 de enero de 2026 | Silver Spring, Maryland, Estados Unidos | Shawn Boonstra

Hay algo de hipnótico en los viajes mecanizados: El placentero murmullo de las llantas sobre el pavimento, la cadencia sincopada de un tren que pasa durante la noche, el satisfactorio “ruido marrón” de un motor a reacción. Para algunos, estos son sonidos escapistas, una canción de cuna en la jornada.

Lo eran ciertamente para Willard. A medida que aumentaba la distancia entre su vagón de tercera clase y la parte delantera, el sonido de las ruedas metálicas bajo sus pies comenzó eventualmente a ahogar la agonía experimentada en las trincheras. Se encontraba sucio, desvelado y plagado de piojos. Cerró los ojos e imaginó los muy pronto accesibles lujos que otros daban por sentado: una navaja de afeitar, un baño, una cama limpia. Dirigió su mirada hacia sus botas raídas que dejaban ver su dedo a través del calcetín y la punta de su bota en donde el cuero había empezado a separarse de la suela.

Tal vez podría obtener también algunas nuevas medias y botas.

Cerró los ojos, recostó su cabeza hacia atrás y sonrió por primera vez en muchos meses a través de la espesa barba. Otros pasajeros habían dejado vacantes los asientos cercanos y, aunque sabía que muy probablemente era porque despedía un olor terrible, se sintió feliz por ello. Comparado con las trincheras, esto bien podría haber sido un spa.

El tren comenzó a perder velocidad. Se aproximaba una estación. Al llegar a la plataforma de abordaje, limpió con su manga un pequeño espacio en la condensación producida en su ventanilla. Observó oficiales de rostro adusto esperando por el tren y uno de ellos entró inmediatamente en su vagón. De pronto escuchó pasos decididos detenerse junto a él. Levantó la mirada. “Recoge tus cosas”, dijo el bien vestido oficial. “Te necesitan al frente”.

Quiso entonces protestar, pero luego lo pensó mejor. Tomó su talego y siguió al oficial hasta la plataforma, en donde otros soldados de rostro desanimado empezaban a reunirse. Cálidas y exhaustas lágrimas comenzaron a rodar por sus párpados, secadas rápidamente para prevenir que otros las notaran.

¿De regreso? Sus hombros se encogieron, derrotados; y las lágrimas eran cada vez más difíciles de esconder.

Algunas veces, es frustrante cuando se nos niega la esperanza. Otras veces es totalmente devastador. El movimiento en el que tú y yo vivimos fue impulsado a fenómeno mundial a través de una devastadora experiencia. Creyentes exhaustos, convencidos de que Jesús iba a regresar, comenzaron a sollozar cuando los primeros rayos del sol matutino asomaron por el horizonte y Jesús no apareció. Se sentían ya casi en casa, con el corazón ya alivianado en gran parte del dolor de vivir en un mundo quebrantado, durante las semanas anteriores a ese octubre. El amanecer los golpeó de súbito con la realidad de que iban a regresar al frente de batalla.

Tú y yo somos parte de un movimiento que comenzó exactamente como eso. Agotados discípulos, convencidos de que Jesús iba a regresar, comenzaron a sollozar amargamente cuando la luz del amanecer surgió a través del horizonte oriental. Se habían sentido ya casi en casa, con el corazón aliviado del dolor de vivir en un mundo quebrantado, convenidos de que pronto verían a Cristo. En vez de ello, debían permanecer todavía en el frente de batalla.

“ Lo tomé de la mano del ángel y me lo comí”. El apóstol Juan nos cuenta de una visión que tuvo 18 siglos antes. “Me supo dulce como la miel, pero al comérmelo se me amargaron las entrañas. Entonces me ordenó: ‘Tienes que volver a profetizar acerca de muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes’”. (Ap. 10:10, 11, NVI).

Históricamente hablando, esa no era la primera vez que el pueblo de Dios había sufrido una decepción tal. “El esplendor de esta segunda casa será mayor que el de la primera”, le dijo Dios a su pueblo a través del profeta Hageo (Hageo 2:9, NVI). El primer templo —el de Salomón—, había sido visitado por la gloria de la Shekinah:

“Cuando Salomón terminó de orar, descendió fuego del cielo y consumió el holocausto y los sacrificios, y la gloria del Señor llenó el Templo” (2 Cró. 7:1, NVI). Si la gloria del Segundo templo iba a ser mayor, imagina el espectáculo que habría de acompañar su dedicación.

Pero no ocurrió. De hecho, el arca del pacto estaba todavía escondida en algún lugar elegido por Jeremías. No descendió fuego del cielo, no hubo una gloriosa nube de la presencia de Dios.

¿Estaba entonces equivocado Hageo? Difícilmente. El segundo templo fue el lugar en el que Dios de pronto estuvo más cerca de su pueblo, de una manera que superó con creces su presencia en la dedicación salomónica: Vino como un ser humano. Fue dedicado en el templo como un genuino infante humano y más tarde aparecería en sus atrios como el más profundo Maestro de Israel.

Dios encarnado. No podíamos entrar detrás del velo para acercarnos a él, así que el salió a nuestro encuentro y se convirtió en uno de nosotros. Eso, en el pensamiento divino, era más glorioso que la brillante manifestación que llevó al pueblo de Israel a postrarse enfrente del primer templo. En el santuario hemos sido invitados a conocer a Dios a través de tipos y símbolos que él estableció; en su encarnación, él se hizo a sí mismo más accesible.

Eso no solamente hizo a Dios más comprensible; la calidez de su presencia evaporó nuestras excusas, No podemos decir que Dios no puede comprender lo que es estar aquí, porque claramente lo comprende. Ha experimentado el hambre, ha sido mal interpretado. Ha experimentado la soledad, el rechazo y el dolor. Su propia familia se rehusó a creer en él.

En muchos aspectos, su vida siguió el mismo camino que la tuya, con profundas decepciones que tienen como causa el vivir en el ámbito de la caída de desobediencia de Adán. Jesús es como nosotros en muy importantes sentidos —pero es también un tanto diferente a nosotros en otros aspectos.[1]

Piensa en la última vez que se abrió la sala para peticiones de oración en el servicio de tu iglesia o grupo de estudio bíblico. ¿Qué porcentaje de peticiones se basaban en el dolor? ¿Cuántas estaban ligadas a frustraciones personales y decepciones? ¿Cuántas tenían que ver con sufrimiento? Estoy seguro de que la gente también expresó palabras de gratitud y alabanza; pero la mayoría del tiempo esos temas no forman parte de la lista de oración. Y cuando escuchamos acerca de la angustia de alguien nos vemos tentados a decir: “Sé bien cómo te sientes”.

Los consejeros en situaciones de duelo, como podrás notarlo, nos aconsejan no decir esas cosas. ¿Por qué? Es porque no es posible saber cómo se siente la otra persona, aun cuando hayas experimentado algo similar. A menos que hayas tenido trasfondo y personalidad idénticos, no puedes imaginarte cómo golpea una devastación a alguien más. Probablemente hayas perdido tú también a un ser querido; pero el tuyo era tal vez una fuente de amor y apoyo. Lo de ellos era tal vez más complejo; representaba dolor y frustración, lo cual trae consigo una serie de enteramente diferentes emociones. Mientras que tu enfermedad acercó a las personas más a ti, la de ellos provocó tal vez sentimientos de aislamiento. Tu crisis financiera se resolvió eventualmente, mientras que la de ellos terminó en absoluta y posiblemente permanente pobreza.

Por mucho que podamos empatizar con las personas, no podemos penetrar en su existencia y ver la situación como ellas la ven. No es posible —con una notable excepción. Nuestra culpa y dolor colectivos fueron derramados sobre el Hijo del hombre. Se nos dice que “Cristo sufrió en lugar del hombre en el huerto de Getsemaní y la naturaleza del Hijo de Dios vaciló bajo el terrible horror de la culpabilidad del pecado, hasta que de sus pálidos y temblorosos labios fue arrancado el clamor agonizante: ‘Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú’ (Mateo 26:39)”.[2]

“Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado” (Heb. 4:15, NVI).

Tú realmente no sabes cómo me siento —realmente no sabes. Y yo no puedo comprender cómo te sientes —realmente no. Pero, ¿Jesús? Él sí puede. De hecho, él puede comprenderlo mejor que yo y lo ve en una forma que la mancha del pecado en mi corazón evita que lo vea. Más aun, él ha sentido el vergonzoso horror de mi culpa de manera que yo no tenga qué hacerlo —gracias a que está dispuesto a ser mi substituto.

Una notable celebridad dijo una vez, que hay algo peor que sentirse solo; es más bien el estar en una sala llena de gente que te hace sentirte solo. Eso, infortunadamente, es el presente estado de la quebrantada humanidad. Así que Dios mismo entró en esa realidad y nos aseguró, “lo entiendo”. La encarnación nos recuerda: tú no estás solo.

Eso significa que puedo confiar en la jornada y saber que, independientemente de las desilusiones que inevitablemente merman nuestro entusiasmo por la vida, Dios no nos ha olvidado, o que ha fallado en darse cuenta de cuán difícil es realmente esta existencia. Él lo entiende y nos garantizaque se va a volver mejor.

Él lo garantiza no solamente como Dios, sino también como uno de nosotros.


[1] “Cuando contemplamos la encarnación, es sabio seguir el consejo de Elena G White: ‘La encarnación de Cristo ha sido siempre y seguirá siendo un misterio. Lo que ha sido revelado es para nosotros y para nuestros hijos; pero que todo ser humano sea advertido desde el inicio, en contra de hacer de Cristo un ser totalmente humano como uno de nosotros, porque esto no puede ser” (Carta 8, 1895, en Elena G. White, Cartas y Manuscritos, vol. 10, p. 8).

[2] Elena G. White, That I May Know Him(A fin de conocerle) (Washington, D.C.: Review and Herald Pub. Assn., 1964), p. 64.

Traducción – Gloria A. Castrejón