Cómo aprender a vivir otra vez después de una pérdida
26 de marzo de 2026 | California, Estados Unidos | Lourdes Morales-Gudmundsson
Mi marido, con quien estuve casada 51 años, acababa de fallecer y yo estaba destrozada, intentando entender este evento esperado —pero inesperado— en mi vida. Es difícil describir los sentimientos de vacío que a uno lo abruman cuando una persona tan cercana ya no está allí. Incluso empecé a cuestionarme quién era mientras intentaba encontrar un punto de equilibrio, resbalando y cayendo —y levantándome de nuevo —esperando que esta vez pudiera saber en qué me había convertido. Después de ocho años de cuidados, algo que me acercó más que nunca a mi marido, me encontré preguntándome: ¿Quién soy ahora? ¿Cuál es el propósito y sentido de mi vida ahora?
En medio de esa búsqueda ansiosa, aferrándome como nunca antes a mi misericordioso Padre, recibí una tarjeta de una amiga que decía “Consejos de un glaciar” [1] y debajo de ese título había una serie de palabras de sabiduría. Todo parecía tan apropiado: mi marido provenía de Islandia, un lugar de glaciares imponentes y majestuosos. Sí, estaba preparada para escuchar la antigua sabiduría de ese gigante gentil que me hablaba a través de la tundra nórdica. Esto es lo que decía:
Ábrase su propio camino
Como el enorme conjunto de hielo perenne que forja su camino a lo largo de los siglos, yo también debo forjar una nueva identidad, rica en recuerdos que nutren el alma, pero firmemente anclada en el presente, por incierto e incluso aterrador que sea ese presente. Fue el poeta español Antonio Machado quien escribió una vez que se hace camino al andar.[2] Ese pensamiento fue extrañamente reconfortante, dándome poder para dar el primer paso. Pero ese pensamiento se vio enormemente reforzado por la seguridad de que no recorrería ese nuevo camino sola: “Aun cuando yo pase por el valle más oscuro, no temeré, porque tú estás a mi lado” (Sal. 23:4, NTV).
Vaya de a poco
Sí, tenía que recordarme que no había ningún plazo acechando ominosamente sobre mí que tuviera que cumplir. Podía tomarme mi tiempo y dejar pasar cosas en lugar de hacer que sucedan, como tantas veces había hecho en mi vida profesional y personal. En las Escrituras, el concepto de ralentizarse se encarna en la espera. ¿Con qué frecuencia se nos invita a “esperar al Señor”? Esa espera rompe el estrangulamiento del estrés que se produce cuando intentamos apresurarnos a encontrar una solución y acabar con ella. Ralentizar y esperar también me daría tiempo para ordenar el revoltijo de nuevas tareas que tenía que cumplir y los nuevos pensamientos que tenía que desentrañar. Como he descubierto, hay una gran virtud en esperar al Señor.
Canalice sus fortalezas
Sabía cuáles habían sido mis fortalezas —enseñar, viajar, cantar—, pero no estaba segura si había otras fortalezas que aún no había descubierto o empleado. Había una sensación liberadora en no estar atada a lo que había sido antes o a lo que había logrado, sino al verme enriquecida por todo eso para lanzarme a nuevos territorios. Significaba romper con las expectativas de la gente basadas en el rendimiento o los éxitos pasados y darme permiso para canalizar mis fortalezas antiguas y nuevas en otras direcciones.
Había estado haciendo eso a lo largo de mi vida, pero probablemente de la manera equivocada. Ahora me di cuenta, en mis pensamientos solitarios, de que necesitaba hacer espacio para otros en mis propios términos, respetando los suyos. Tuve que encontrar un equilibrio. Para mí, en este momento, significó alejarme de responsabilidades que ya no me correspondían realmente. Era fácil que la gente malinterpretara mis decisiones, pero empezaba a ver luz en abrirles el camino a otros en mi vida de forma diferente.
Siga avanzando
A esas alturas de mi vida me costaba seguir adelante. Algunos días el peso del duelo pesaba más sobre mi mente y mi cuerpo que en otros. Incluso en esos momentos en los que la letargia dificultaba levantar la cabeza de la almohada, sabía que debía seguir moviéndome o algo peor podía pasarme. Este es el momento en que mi vida de oración dio un giro para mejor. Me levantaba y realmente esperaba con ganas pasar tiempo hablando con el Señor. Y me refiero a hablar —en voz alta— como si mi Salvador estuviera sentado a mi lado y simplemente estuviéramos conversando. Estas sesiones sagradas fueron lo que me salvó de caer en el sumidero de la autocompasión y me motivaron a seguir adelante. Había otras cosas que el Señor había planeado para mi vida.
Evita los colapsos
Puedo decir con sinceridad que no tenía miedo a los colapsos; simplemente los dejaba venir cuando ellos querían. Me dijeron que vendrían en cantidades y en intensidad cada vez más menores con el tiempo, y eso fue lo que pasó. Pero cuando llegaron, me prometí a mí misma que los trataría con más cortesía. ¡Eso nunca ocurrió! Un colapso es tan crudo, tan totalmente fuera de tu control, que parece que nunca te recuperarás. Descubrí que si podía aumentar mi participación en la vida, ya fuera haciendo las compras o trabajando con un ministerio para personas sin hogar, encontraría una fortaleza y la seguridad de que algún día, una vez más, volvería a verme reinsertada en la vida: no en la misma vida que tenía, sino en una nueva vida. Así que estaba bien pasar por estos inevitables episodios de dolor indescriptible: transiciones inevitables hacia algo mejor.
¡Muéstrate atractivo!
¡Me encanta ese último consejo! Habla de confianza, paz y alegría, y de todo lo bueno que proviene de la mano de un Padre misericordioso, un Salvador comprensivo y un Espíritu facultador. Viene de alguien que sabe lo que es sufrir una pérdida aparentemente irreversible y salir triunfante de la tumba de la desesperación. Habla de levantarse de los fuegos infernales de la muerte hacia los reinos frescos y calmantes de la vida eterna. ¿Qué podría ser más atractivo que eso?
Tengo la funda de la tarjeta pegada a una pared cerca del escritorio desde donde escribo estas líneas, para no olvidar nunca la infinita sabiduría del glaciar que me ayudó en mi camino de regreso a la vida y la esperanza… recordándome que el Creador del glaciar también es mío.
[1] Aunque no estoy seguro de dónde compró mi amiga la tarjeta, se parecía athis one que vende Advice for Life.
[2] Antonio Machado, Border of a Dream: Selected Poems (Copper Canyon Press, 2013), citado aquí.
Traducción de Marcos Paseggi