Jonathan Contero analiza tres tipos de iglesias y sus implicaciones.

13 de abril de 2026 | Silver Spring, Maryland, Estados Unidos | Marcos Paseggi, Adventist Review

La manera en la que implementamos la iglesia puede impulsar o poner en peligro nuestros esfuerzos misioneros, dijo Jonathan Contero, director asociado del Centro para la Misión Secular y Postcristiana de la Asociación General, durante el Congreso Internacional Misionero “I Will Go” en el Colegio Adventista de Sagunto en Sagunto, Valencia, España, el 21 de marzo.

Contero y su familia prestan servicio como misioneros en una comunidad secular de Ginebra, Suiza. Durante un taller, habló sobre tres modelos de congregaciones locales y cómo estos pueden obstaculizar o impulsar la misión. Si bien ningún modelo es completamente perjudicial (ni infalible) para la misión, Contero explicó que algunos modelos son más adecuados para conectarse con la gente. Esto es especialmente cierto cuando intentamos conectar con el público secular contemporáneo, a menudo compuesto por personas que ni siquiera conocen o comprenden quién es Dios, afirmó.

Durante su taller, que incluyó debates e intercambios en grupos pequeños, Contero compartió brevemente los tres modelos y sus implicaciones para la misión adventista.

Un círculo de pertenencia

El primer modelo es lo que él denominó “una iglesia claramente delimitada”.

Es la iglesia la que crea categorías en las que se puede ubicar a las personas, explicó Contero. Crea un “círculo” que incluye a “todos los que… se visten como yo, se comportan como yo y hablan como yo”, dijo. “Lo que nos diferencia del mundo es una lista de características a las que nos sometemos o aceptamos cuando decidimos formar parte del círculo. Esas características definen quién pertenece al grupo y quién no”. Una línea divisoria clara define quién está dentro y quién está fuera del grupo, explicó Contero: aquellos que son “personas de la iglesia” frente a “personas del mundo”.

Al mismo tiempo, el funcionamiento habitual de la iglesia se basa en el comportamiento. Primero evaluamos tu conducta, asegurándonos de que te comportes como nosotros, y entonces perteneces. “Si quieres pertenecer a este tipo de iglesia, primero tienes que comportarte como yo y luego creer como yo antes de que podamos decir que formas parte del grupo”, explicó.

Desafíos con las personas no cristianas y seculares

Ahora bien, pensemos en un budista en Asia o en un ateo en Europa. ¿Qué probabilidades hay de que asistan a tu iglesia un sábado cualquiera, observen a sus miembros y digan: “Quiero ser como ellos”?, preguntó Contero. “¿Qué probabilidades hay de que digan inmediatamente: ‘Quiero comportarme como ellos y creer como ellos, porque quiero pertenecer a ese grupo’?”

En referencia al libro bíblico de los Hechos, Contero sugirió que la iglesia cristiana primitiva también era una iglesia claramente delimitada.

Al Congreso Internacional I Will Go en España asistieron principalmente jóvenes para aprender más sobre la labor misionera en un contexto contemporáneo. [Fotografía: Marcos Paseggi, Adventist Review ]

“Los gentiles eran mal vistos, porque los primeros judíos conversos creían que todos debían convertirse a su religión antes de ser aceptados en la incipiente comunidad de creyentes”, dijo, citando Hechos 15:5. “Estaban tan preocupados por el pasado —la ley de Moisés, la circuncisión— que veían todo lo que quedaba fuera de ese círculo como una amenaza, no como una oportunidad para la misión”. Añadió: “Cuando pensamos que todo lo que está fuera de ese círculo es peligroso, estamos dando el primer paso para cancelar la misión a la que Dios nos ha llamado”.

Cómo se comporta una iglesia delimitada

Una iglesia con una estructura claramente definida disuade a sus miembros de relacionarse con personas diferentes, explicó Contero. Como ejemplo, mencionó cuando Pablo reprendió a Pedro por su doble moral (véase Gálatas 2:11-14). “Pedro disfrutaba de la compañía de los cristianos gentiles, pero en cuanto había judíos cerca, solo se relacionaba con ellos, ignorando a los gentiles. ¿Por qué? Porque Pedro creía en una iglesia con una estructura claramente definida”.

Contero sugirió que esa actitud es uno de los mayores enemigos de la labor misionera, porque “construye una iglesia que dedica mucho tiempo a afirmar lo que la diferencia de las demás”, olvidando así dedicar tiempo a construir puentes.

Al mismo tiempo, explicó, la misión, en una iglesia bien definida, se desarrolla fuera de ella, como un evento. “Salimos, hacemos algo y nos vamos”, ilustró.

Según Contero, cuando interactuamos con culturas no cristianas, esta actitud se vuelve problemática porque lo primero que le decimos a una persona es, por ejemplo, “que deje de fumar o beber”, mientras que esa persona está luchando incluso por comprender quién es Dios.

“¿Qué pasaría si, como adventistas del séptimo día, no nos definiéramos tanto por una lista de características como por nuestra relación con una Persona?”, preguntó Jonathan Contero a los asistentes a su taller del 21 de marzo. [Fotografía: Marcos Paseggi, Adventist Review ]

Una iglesia difusa

A diferencia del primer modelo, una iglesia difusa tiene dificultades para determinar quién pertenece a su círculo y quién no, ya que la línea divisoria es difusa. “Este modelo de iglesia se centra en la tolerancia como su valor supremo”, compartió Contero.
Una iglesia difusa suele ser una reacción a una iglesia claramente delimitada, donde las libertades individuales son el valor supremo. “Es un modelo con el que una sociedad secular puede identificarse, porque cada persona hace lo que quiere o siente en un momento determinado”, afirmó Contero. Dado que los miembros de esta iglesia y la propia identidad de la iglesia no están claramente definidos, tarde o temprano sentirán la necesidad de actuar al margen de ella, lo que disminuirá su participación en el grupo, explicó.

“Tal como llegan, se irán”, dijo Contero, “porque aunque hoy se sientan a gusto en este tipo de congregación, mañana podrían cambiar de opinión… Y la falta de estructura acaba provocando el caos”.

En resumen, “una iglesia difusa se define principalmente no por lo que es, sino por aquello a lo que se opone”, explicó Contero. “Y a la larga, uno no puede definirse solo por aquello a lo que se opone”.

No alcanza con sentirse bien

En consecuencia, una iglesia difusa “no es una iglesia misionera, porque es una iglesia reactiva, que se construye basándose únicamente en aquello que no le gusta. Y su único objetivo es que te sientas bien”.

Participantes de los talleres escuchan una de las múltiples presentaciones el 21 de marzo en el Colegio Adventista de Sagunto, en Sagunto, Valencia, España. [Fotografía: Congreso Internacional Misionero I Will Go]

Esto también nos lleva a otro problema, explicó Contero. “Dado que el objetivo es que te sientas bien, ¿qué hacemos cuando lo que te hace sentir bien a ti no es lo mismo que lo que me hace sentir bien a mí?”, preguntó. “Cuando lo que yo quiero, deseo y necesito se convierte en lo más importante en la iglesia, ¡sin duda tenemos un problema!”.

En definitiva, y en lo que respecta a la misión, las implicaciones de este modelo podrían no diferir mucho de las de una iglesia claramente delimitada. Una iglesia difusa también puede estar presente en iglesias más tradicionales: por ejemplo, cuando una congregación tiene dificultades para aceptar e integrar otras culturas, explicó Contero. “Cuando decimos ‘mi gente’, ‘mi cultura’, por encima de todo, la misión podría verse comprometida”, reconoció.

Un iglesia centrada

El tercer modelo de iglesia es lo que Contero definió como una iglesia centrada. En esta iglesia existen valores fundamentales que nos unen en torno a la figura central de Jesús. Cada persona se define por su relación y conexión con Jesús, quien une a todos los miembros. En este modelo, “no se trae gente a la iglesia, sino a Jesús”, explicó.

Todo se evalúa desde la perspectiva de su relación con Jesús y su orientación hacia él. Quienes se acercan a Jesús encuentran un sentido de pertenencia, dijo Contero.

Al mismo tiempo, la convicción se produce a medida que la persona se acerca al centro, donde está Jesús. Cada persona puede seguir un ritmo diferente durante este proceso, pero se define por su orientación general hacia Jesús. En resumen, “no se definen por una línea, sino por el centro”, afirmó.

Vista general de una sesión plenaria durante el reciente Congreso Internacional Misionero I Will Go en España. [Fotografía: Congreso Internacional Misionero I Will Go]

Contero explicó que es similar a lo que sucede en una relación con otra persona. “¿Recuerdas cuando te enamoraste de tu pareja?”, preguntó. Generalmente, no se basa en una sola impresión o momento, sino en una serie de momentos que van edificando la relación y la hacen más profunda y sólida.

Implicaciones para la vida en la iglesia y la misión

“¿Qué pasaría si, como adventistas del séptimo día, no nos definiéramos tanto por una lista de características como por nuestra relación con una Persona?”, preguntó Contero a los asistentes. “¿Qué pasaría si lo que nos definiera fuera una relación, una forma de entender el mundo y la misión en conexión con esa relación, y una forma de —basándonos en esa conexión— compartir que Jesús viene pronto?”. Añadió: “¿Qué pasaría si los valores fundamentales que nos unen giraran en torno a la figura de Jesús? ¿Qué pasaría si Jesús —y no una lista de cualidades— estuviera en el centro?”.

En ese contexto, en un mundo extremadamente secular y postcristiano, lo primero que necesitamos hacer es llevar a la gente a Jesús, enfatizó Contero.

“Cuando las personas se encuentren con Jesús, hallarán el camino, o mejor dicho, Dios las guiará para que lo encuentren”, dijo. “Y la manera de evaluar el compromiso de los miembros con la iglesia incluirá evaluar el nivel de relación que mantienen con Jesús. Mientras él sea el centro, hay esperanza”.

Traducción de Marcos Paseggi