¿Cómo comienzan y duran las relaciones?

7 de abril de 2026 | Silver Spring, Maryland, Estados Unidos | Archie Daco, para Adventist Review

“¿Cómo se escribe la palabra ‘amor’?” me preguntó cierta vez un pastor.

Con cautela, mi boca formó la letra “a”. Obviamente era una pregunta capciosa, y me interrumpió justo cuando el sonido salía de mi boca.

“T-i-e-m-p-o”, me contestó.

Las relaciones se basan en pasar tiempo juntos. Incluso la Biblia define la vida eterna como una relación con Dios: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3). ¡La vida eterna es conocer a Dios!

Las películas quieren hacerte creer que cuando conozcas a la mujer o al hombre de tus sueños, experimentarás una emoción cuya ortografía comienza con la letra “a”. Pero puedes estar seguro de que lo que estás experimentando no es amor; acaso sea limerencia. Has conocido a alguien que te atrae. Es un punto de partida. Ahora tu lóbulo frontal debería activarse para que puedas conocer a la persona. Es en el tiempo que pasen juntos cuando aprenderán a amarse.

“Pero el faraón respondió: ‘¿Quién es Jehová para que yo oiga su voz y deje ir a Israel? Yo no conozco a Jehová, ni tampoco dejaré ir a Israel’” (Éx. 5:2). El faraón no conocía a Dios, ni quería conocerlo, porque se consideraba a sí mismo un dios.

Si usted está leyendo esto, es probable que ya te hayan presentado a Dios. Es un comienzo. Ahora, para amarlo, necesitas conocerlo. “Pero sin fe es imposible agradar a Dios, porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que él existe y que recompensa a los que lo buscan” (Heb. 11:6).

¿Y ahora para dónde vamos?

Apocalipsis 2 y 3 nos ofrecen una cronología profética de las etapas por las que pasa la iglesia de Dios. Cada iglesia recibió una felicitación, una reprimenda y una exhortación. Todas excepto Laodicea. La última iglesia en la línea temporal profética no recibe ninguna felicitación: solo una reprimenda y una exhortación.

Felicitaciones: eres “rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad” (Apoc. 3:17). Ay: Eso no es bueno, porque el resto del versículo agrega: “Pero no sabes que eres desventurado, miserable, pobre, ciego y estás desnudo” (vers. 17).

Cualquiera que leyó esto en tiempos de Juan sabía que Laodicea era una ciudad muy rica. Tras un terremoto en el año 60 d.C., las ciudades del valle de Lykos fueron destruidas y tuvieron que ser reconstruidas. Todas las ciudades fueron restauradas con la ayuda de Roma… excepto Laodicea. Laodicea no recibió ayuda financiera y fue reconstruida con sus propios recursos.[*] Esto fue posible porque era rica y autosuficiente.

Sin embargo, Laodicea no tenía su propia fuente de agua, y durante un tiempo importó agua fría de Colosas, del monte Salbakos. Pero, siendo la ciudad rica que era, Laodicea acabó construyendo acueductos de agua de una fuente más cercana, Baspinar, que alimentaban a la ciudad. Eso incluía un estadio, edificios cívicos, públicos y religiosos. Su agua era tibia comparada con las frías aguas del manantial de Colosas; las aguas termales curativas de Hierápolis eran mucho más deseables que las tibias aguas de Laodicea. A pesar de todas sus riquezas, Laodicea no tenía agua propia, y sus intentos de importar agua resultaban en un líquido desagradable y tibio.

La iglesia profética de Laodicea está en un estado tan indeseable que Jesús dice: “te vomitaré de mi boca” (vers. 16). ¿Por qué Jesús habría de vomitar a Laodicea? Por sus obras: “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente”, dice Jesús (vers. 15). Aquí va la reprimenda: “No sabes que eres desventurado, miserable, pobre, ciego y estás desnudo” (vers. 17). Entonces viene la exhortación: “Yo te aconsejo que compres de mí oro refinado en el fuego para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, para que no se descubra la vergüenza de tu desnudez. Y unge tus ojos con colirio para que veas” (vers. 18).

¿Tenemos los recursos para comprar esas cosas maravillosas de parte de Dios? No. Sin embargo, Dios nos dice que podemos comprarlas: “¡Venid, todos los sedientos, venid a las aguas! Aunque no tengáis dinero, ¡venid, comprad y comed! ¡Venid, comprad sin dinero y sin pagar, vino y leche!” (Isa. 55:1). Jesús nos aconseja comprar de él, pero en cada ocasión, cuando acudimos a él, nos lo da gratuitamente.

Mateo 11:28: “Venid a mí […], y yo os haré descansar”.

Juan 6:35: “El que a mí viene nunca tendrá hambre”.

Juan 6:37: “Al que a mí viene, no lo echo fuera”.

Juan 7:37: “Si alguien tiene sed, venga a mí y beba”.

Apocalipsis 22:17: “El que tiene sed, venga. El que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida”.

No llevo nada en la mano, pero simplemente me aferro a la cruz.

Jesús quiere dar el “oro refinado en el fuego para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, para que no se descubra la vergüenza de tu desnudez. Y unge tus ojos con colirio para que veas” (Apoc. 3:18). Solo tenemos que acudir a él y pedírselo. Todo lo que cuesta es nuestro orgullo y sentido de autosuficiencia.

¿Y ahora qué podemos hacer?

Venir a Jesús es tan sencillo como difícil. Difícil, porque necesitamos admitir que necesitamos ayuda, y a nadie le gusta esa sensación de impotencia. Sencillo, porque todo lo que necesitamos hacer es acudir a él y aceptar todo lo que nos ofrece.

“Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso y arrepiéntete” (Apoc. 3:19). Dos órdenes: primero, sé celoso, ferviente, sincero o apasionado. Segundo, arrepiéntete, cambia de opinión y de dirección. Jesús nos invita a ser apasionados por cambiar nuestra opinión laodicense. A diferencia del faraón, que se negó a conocer al Dios de Israel, date cuenta de que, a pesar de todas tus supuestas riquezas, “eres desventurado, miserable, pobre, ciego y estás desnudo” (vers. 17). Pero no nos quedemos ahí: vayamos a Jesús para comprar —sin dinero— lo que no podemos adquirir. “Por tanto, yo te aconsejo que compres de mí oro refinado en el fuego para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, para que no se descubra la vergüenza de tu desnudez. Y unge tus ojos con colirio para que veas” (vers. 18).

Hemos conocido a Jesús y quizá lo hemos encontrado atractivo. Pero eso no significa necesariamente que lo amemos: todavía no. Cristo nos invita a permanecer en él (véase Juan 15:1-11) y a conocerlo de verdad. La riqueza social, intelectual y financiera, nuestra vida ocupada o la indolencia pueden impedirnos invertir en la relación que más importa. No lo permitamos. ¿Queremos crecer en Cristo? Permítame recordarle: el amor es una palabra que comienza con la “t” de “tiempo”.


[*] Véase Celal Simsek y Francesco D’Andria (ed.), Paisaje e Historia en el Valle de Lykos: Laodikeia y Hierápolis en Frigia (Newcastle upon Tyne: Cambridge Scholars Publishing, 2017).

Archie Daco trabajó como instructor bíblico y colportor en la Costa Oeste de los Estados Unidos y Hawái. Actualmente está cursando una maestría en teología.

Traducción de Marcos Paseggi