Cómo estudiantes y empleados de la Universidad de Montemorelos llevan la fe más allá del campus y a las colonias vecinas

29 de enero de 2026 | Montemorelos, Nuevo León, México | Laura Marrero y Equipo de Noticias de la DIA

“Había un niño que se llamaba Yael”, recuerda Dianne Hernández, estudiante de Cirujano Dentista en la Universidad de Montemorelos, en México. “Él me dijo que en su colonia había muchos niños interesados en escuchar historias de la Biblia y que le gustaría que fuéramos a hacer algo allí”.

Era 2021.

Aquella primera visita pronto se convirtió en una actividad improvisada con unos 15 niños y, ese mismo día, comenzó un proyecto misionero sin saber hasta dónde llegaría.

Lo que siguió no fue inmediato ni espectacular, dijo Hernández, pero sí constante.

Dianne Hernández, estudiante de cirujano dentista en la Universidad de Montemorelos, comparte una lección bíblica con niños que asisten a la Escuela Sabática en la colonia Azahares durante una actividad de alcance comunitario en 2025. [Fotografía: Cortesía de Misael Castro]

Mientras el grupo comenzaba a reunirse los sábados por la tarde, Misael Castro, docente de la Escuela de Terapia Física y Rehabilitación de la Universidad de Montemorelos, también buscaba un espacio donde desarrollar trabajo misionero. La colonia Azahares resultó particularmente receptiva y pronto se convirtió en el punto de encuentro. Junto con estudiantes, amigos de la universidad y la familia de Dianne —miembros de lo que entonces era una congregación filial—, el proyecto empezó a tomar forma.

“Arrancamos con una escuelita bíblica para niños”, explicó Castro. “Cada sábado llegaban más. Empezamos con pocos y hubo momentos en que asistían hasta 80 niños, la mayoría no adventistas”.

Nuevas relaciones comunitarias

El impacto pronto se extendió más allá de las reuniones semanales. Padres que notaron cambios en la conducta de sus hijos comenzaron a acercarse. A partir de ahí surgieron estudios bíblicos, acompañamiento espiritual y nuevas relaciones comunitarias. Lo que había iniciado como una actividad infantil se transformó en un proceso más amplio: adultos mayores del asilo Los Años Dorados, familias completas y niños que decidieron dar pasos de fe.

Con el tiempo, ese trabajo sostenido dio como resultado la organización formal de la Iglesia Adventista del Séptimo Día de Azahares, hoy con poco más de un año como iglesia establecida y con un templo en proceso de construcción.

Un elemento ha sido constante en esta historia, según líderes universitarios: la participación de la comunidad universitaria. Estudiantes, empleados y egresados de la Universidad de Montemorelos —arquitectos, docentes y ministerios del campus— han aportado tiempo, conocimientos y servicio.

Niños de la colonia Azahares participan de las dinámicas que lleva el grupo de voluntarios de la iglesia, un sábado de 2025. [Fotografía cortesía de Misael Castro.]

“Durante el semestre nos apoyan alumnos del ministerio JAM Kids, egresados de arquitectura y otros miembros de la universidad”, comentó Castro. “Lo que me mueve es ver la apertura de las personas y su interés genuino”.

Para Dianne Hernández, el trabajo con los niños sigue siendo el centro de la misión. “El terreno de los niños es muy fértil”, dijo. “Son como esponjas. Nuestro objetivo es que un día todos ellos estén en el reino de los cielos”.

En los últimos cinco años, las actividades se han ampliado para incluir escuelitas bíblicas de vacaciones, campañas evangelísticas, rallies, torneos deportivos y programas educativos para padres e hijos.

Surge un segundo proyecto

Desde Azahares, pronto surgió una segunda iniciativa misionera.

En la colonia Infonavit, fraccionamiento Los Nogales, la misión comenzó con una visita a una niña que se había mudado recientemente. Era julio de 2021.

Grupo de voluntarios – entre ellos empleados y alumnos de la UM- llevan a cabo una de las dinámicas de la escuela sabatina con niños de la colonia Infonavit, fraccionamiento Los Nogales – un sábado de 2025. [Fotografía: Salma Ruyiz / Universidad de Montemorelos]

Eunises Ruiz, quien trabaja en el departamento de Contabilidad de la Universidad de Montemorelos, recuerda los primeros encuentros: cinco o seis niños, tres maestros, historias bíblicas, cantos y actividades sencillas.

El grupo creció. Se organizó un Club de Conquistadores —incluso reuniéndose bajo la sombra de un árbol— y los padres comenzaron a involucrarse. Para 2024, el proyecto se organizó como grupo filial Jeriel, con un espacio fijo y su primera campaña evangelística. En 2025, el ministerio fue formalizado como Escuela Sabática.

Al igual que en Azahares, estudiantes y empleados de distintas áreas académicas del campus se sumaron de manera constante, formando un equipo interdisciplinario enfocado en el servicio.

Ese espíritu colectivo se hizo especialmente visible en diciembre de 2025, cuando la Universidad de Montemorelos impulsó una campaña interna de recolección de juguetes. La convocatoria, dirigida a todo el personal universitario, invitaba a llevar un regalo nuevo y envuelto a la cena navideña de empleados.

La respuesta superó las expectativas: se recolectaron 131 regalos. Cincuenta fueron destinados al grupo filial Jeriel y 82 al proyecto de Azahares.

Niños de la colonia Infonavit (izquierda) y la colonia Azahares (derecha) recibiendo los regalos que fueron donados por las familias de la Universidad de Montemorelos en diciembre de 2025. [Fotografía: Salma Ruyiz / Universidad de Montemorelos]

“Nosotros no teníamos recursos para hacer un programa navideño”, reconoció Hernández. Gracias a las donaciones, los voluntarios organizaron una celebración con padres y niños, con una breve obra teatral, villancicos, manualidades y un tiempo de convivencia comunitaria.

“Ver la felicidad en los niños fue algo que me llenó el corazón”, comentó Daniel Hernández, estudiante de Medicina en la Universidad de Montemorelos y director de jóvenes en la Iglesia de Azahares. “Cada niño se llevó el mensaje de que la Navidad recuerda que el Salvador vino para darnos salvación”.

Más allá de cifras o actividades, los organizadores señalaron que estos proyectos reflejan una convicción compartida dentro de la comunidad universitaria: que la misión no se limita a los espacios formales del campus. Se vive, se practica y se extiende de manera natural hacia las comunidades cercanas.

“Servir a Dios con los talentos que nos ha dado es lo más importante”, afirmó Ruiz. “Gastarnos en su servicio es saber vivir”.

Es un sentir que comparten empleados, estudiantes y egresados que han decidido responder a necesidades reales con acciones concretas de compasión, indicaron líderes del campus.

Cinco años después de aquella primera escuelita improvisada, la historia continúa escribiéndose cada sábado, en cada actividad y en cada niño que encuentra un espacio de cuidado, aprendizaje y esperanza. Lo que comenzó con un niño hoy sigue transformando comunidades enteras.

Lisandra Vicente y Brenda Cerón contribuyeron a este artículo.