4 de febrero de 2026 | Silver Spring, Maryland, Estados Unidos | Paulo Lopes, presidente de ADRA Internacional
En mis tres décadas de trabajo humanitario, ha surgido una verdad con claridad cristalina: el amor habla todos los idiomas.
Encontrará que ADRA presta servicios en más de 120 países, formando agricultores en Madagascar, enseñando alfabetización en El Salvador, garantizando el acceso a la sanidad en Filipinas, respondiendo a emergencias en todos los rincones del mundo y mucho más. Más allá de dónde trabajemos o qué idioma se hable, la compasión no necesita traducción. Una mano suave en el hombro, una comida compartida, agua pura que fluye: estos actos trascienden todos los límites y fronteras.
El amor en acción se parece notablemente tanto si estamos en un pueblo sin electricidad como en una ciudad que se recupera de un desastre. Los detalles cambian, pero el corazón permanece constante.

El presidente internacional de ADRA, Paulo Lopes, y el expresidente de ADRA Michael Kruger se encuentran con niños en la frontera entre Ecuador y Perú [Fotografía: ADRA Internacional]
Las Escrituras nos recuerdan que “le amamos a él porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19). Esto no es solo una teología hermosa: es la base de la compasión global. Cuando realmente comprendemos que Dios nos ha amado generosa e incondicionalmente, las fronteras geográficas se vuelven irrelevantes. Las diferencias culturales se desvanecen. Las barreras lingüísticas se desmoronan. Empezamos a ver lo que Dios siempre ha visto: que su imagen se refleja en cada rostro, sin importar el pasaporte o el código postal.
Esto es lo que impulsa la obra que llevamos a cabo en ADRA. No cruzamos continentes para ser héroes o salvadores. Vamos porque hemos sido llamados a servir a la humanidad, para que todos puedan vivir como Dios lo soñó: con dignidad, oportunidad y esperanza. Ya sea que respondamos a emergencias o invirtamos en el desarrollo a largo plazo, no hacemos más que transmitir lo que hemos recibido al principio.

[Fotografía: cortesía de ADRA Perú]
Esto es lo que me han enseñado décadas de trabajo humanitario: cuanto más damos, más descubrimos que, en realidad, no estamos dando nada. Estamos participando. Nos estamos uniendo a un movimiento de compasión que comenzó mucho antes de que llegáramos y que continuará mucho después de que nos vayamos.
Cada acto de servicio, ya sea brindar agua pura, impartir educación, ofrecer ayuda en situaciones de catástrofe o crear oportunidades económicas, se convierte en una hebra dentro de un tapiz mayor de amor que se extiende por todo el mundo. Nuestros equipos no solo aportan recursos: aportan presencia. Se quedan. Escuchan. Aprenden nombres, comparten comidas y celebran pequeñas victorias porque eso es lo que hace el amor.
Las personas a las que servimos no son proyectos que terminar ni problemas que resolver. Son nuestros prójimos en el sentido más verdadero: portadores de la imagen de Dios que merecen ser vistos, conocidos y valorados. Cuando una comunidad accede al agua potable, celebramos no porque la hayamos proporcionado nosotros, sino porque las familias están más sanas, los niños pueden asistir a la escuela en lugar de caminar kilómetros para conseguir agua, y la vida se vuelve un poco más parecida a lo que Dios siempre quiso.

[Fotografía: cortesía de ADRA Internacional]
Miqueas 6:8 nos pide “practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente ante tu Dios” (NVI). Fijémonos que el texto no especifica dónde hacer esas cosas. No limita la compasión a nuestro vecindario, nación o tribu. El llamado es universal porque el amor de Dios es universal.
Esa es la invitación que tenemos ante nosotros: dejar que nuestro amor cruce cualquier frontera que lo mantenga contenido. Reconocer que un niño que sufre en un país al que nunca visitaremos importa tanto como el niño que vive al lado. Entender que cuando servimos a los vulnerables en cualquier lugar, estamos sirviendo al propio Cristo, tal y como lo asegura Mateo 25.
En un mundo cada vez más definido por muros y divisiones, este tipo de compasión sin fronteras se siente radical. Pero no debería. Simplemente es lo que ocurre cuando tomamos en serio el mandato de amar como hemos sido amados.

[Crédito de la fotografía: ADRA El Salvador]
Esta es la esperanza que llevo: que el amor siga siendo la fuerza más poderosa para derribar barreras. Cuando elegimos la compasión por sobre la indiferencia, cuando dejamos que la misericordia guíe nuestras manos más allá de cualquier frontera, no solo estamos cambiando las circunstancias. Estamos reflejando el corazón de Dios ante un mundo que nos observa.
Declaramos que nadie está demasiado lejos como para que no nos importe. Ninguna comunidad está más allá de nuestra atención. Ninguna crisis pone a alguien fuera del círculo de nuestro interés.
Eso es amor sin fronteras. Eso es compasión global. Esa es la obra humanitaria en su máxima expresión, y es un lenguaje que todo el mundo puede entender.
Traducción de Marcos Paseggi