Ahora que la crisis mundial de salud cumplió un año, acaso sea tiempo de preguntar “qué”, no “por qué”.

Es díficil creer que ya ha pasado un año desde que el mundo tal como lo conocíamos se detuvo literalmente en forma repentina. Aún parece algo surreal. Millones de personas en cuarentena, esperando y creyendo que, si todo hacíamos nuestra parte, la vida volvería a la normalidad en tan solo unas pocas semanas.

En un informe de octubre de 2020 titulado Estés en los Estados UnidosMR 2020: Una crisis nacional en la salud mental, la Asociación Psicológica de los Estados Unidos lanzó una advertencia sobre el impacto del estrés por la pandemia en la salud física y mental a largo plazo. Las encuestas revelaron que muchos estadounidenses han visto, y continuarán viendo, una disminución de su salud física y mental debido a su incapacidad de afrontar con los diversos tipos de estrés durante la pandemia. Muchos experimentarán consecuencias a largo plazo tales como afecciones crónicas, depresión, ansiedad y abuso de sustancias. Asimismo, durante la pandemia, los jóvenes de entre 18 a 30 años se han visto más susceptibles al suicidio y a pensamientos suicidas. Al menos uno de cada cuatro ha pensado en quitarse la vida en los últimos treinta días.

Estas estadísticas con muy abrumadoras y desalentadoras. Algunos de nosotros podríamos preguntarnos: “Dios, ¿por qué?” Quizá algunos estamos pensando inclusive que Dios nos está castigando. En terapia, a menudo animamos a los pacientes a qué pregunten “qué” en lugar de “por qué”. La verdad es, no siempre hay una respuesta para el por qué (por más que usted acaso insista en que hay un porqué), pero preguntar quérevela un nivel de conciencia que ayuda a que el paciente participe en su sanación y siga avanzando. Al reflexionar como cristianos en este último año de convivir con la pandemia del COVID-19, acaso nos podríamos beneficiar de formular unas pocas preguntas relacionadas con el “qué”.

Aquí hay una: ¿Qué hemos aprendido sobre nosotros mismos, sobre los demás, sobre Dios y su plan último para nuestra vida? He aquí algunas lecciones:

1. La fe en Dios es una inmensa bendición. La mente secular cuestiona la lógica de la fe. Sin embargo, cuando uno se encuentra en medio de una pandemia, la lógica no brinda solaz alguno. Creer en aquel que puede calmar la tormenta y confortar nuestros temores es algo racional y trascendente. “No se preocupen por nada; en cambio, oren por todo. Díganle a Dios lo que necesitan y denle gracias por todo lo que él ha hecho. Así experimentarán la paz de Dios, que supera todo lo que podemos entender. La paz de Dios cuidará su corazón y su mente mientras vivan en Cristo Jesús”(Fil. 4:6, 7, NTV).

2. Atesore a su familia y a sus seres queridos todos los días. Hemos escuchado estas palabras una y otra vez, pero después de un año de distanciamiento social, separación de nuestros seres queridos, y una miríada de funerales por Zoom, quizá ahora resuena más fuerte que nunca. Para mediados de marzo de 2021, había ya 2,6 millones de muertos en el mundo por COVID-19. Eran personas conocidas: nuestros familiares, amigos, colegas, vecinos, cajeros del supermercado, enfermeros, maestros y médicos. Que en paz descansen. Pero tenemos que cuidar de los que quedan vivos, llegar hasta ellos, llamarlos, orar con ellos, abrazar a los que podemos abrazar (Advertencia: Si sospecha que uno de sus conocidos está pensando en suicidarse, ayúdelo a buscar ayuda en forma inmediata: #COVID19MHI).

3. El espíritu humano es resiliente. La resiliencia ha llegado a ser el axioma de este último año. Significa tener la capacidad de adaptarse bien y recuperarse de la adversidad y las dificultades. ¿Quién podría haber imaginado que un año después, aún estaríamos practicando el distanciamiento social, comunicándonos virtualmente, usando mascarillas de manera continua (si bien a desgano), navegando la vida en lo que aparentemente constituye la nueva normalidad? Somos más fuertes de lo que sabemos, y estamos mejor cuando estamos juntos.

4. Nos encontramos en una misión. A pesar de toda la ciencia y de todo lo que sabemos del coronavirus, hay muchas cosas que no sabemos y que aún parecen arbitrarias. Por ejemplo, ¿por qué una anciana de 83 años con otras afecciones sobrevive después de contraer COVID-19, mientras que una madre de 35 años de edad pierde la vida por la enfermedad? Hasta el momento, estas preguntas de “por qué” no tienen respuesta alguna. Sin embargo, si nos preguntamos “qué”, eso nos impulsa a una comprensión más profunda sobre el propósito de Dios para nosotros mientras seguimos aquí en la tierra. ¿Necesitamos hacer más justicia, amar más la misericordia, alimentar a más personas hambrientas, hablar más por los que no tienen voz y están marginados, caminar con mayor humildad?

Ninguno de nosotros sabe cuál serán los efectos a largo plazo o residuales de esta pandemia . Por cierto, estudios de investigación continuarán revelando más daños. Sin embargo, sí sabemos que Jesús viene pronto. No desperdiciemos la pandemia. Quizá Dios necesita que nos veamos entre nosotros con mayor claridad, que confiemos en él más profundamente, y que hagamos brillar su luz con más fuerza en un mundo que se volverá cada vez más oscuro mientras aguarda su regreso. Dios nos promete una corona de belleza en lugar de cenizas, y alegría cuando llegue la mañana. Que su plan sea recibir también la suya.

Traducción de Marcos Paseggi

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