La segunda de cuatro prioridades principales que darán forma a la misión de la División Interamericana durante los próximos cinco años.
6 de febrero, 2026 | Miami, Florida, Estados Unidos | By Abel Márquez, División Inter-Americana
Crecí en una ciudad fronteriza en el norte de México donde convergen diferentes culturas, tradiciones y maneras distintas de entender la vida. Allí viven algunos del sur del país que han llegado a buscar nuevas oportunidades; ellos tienen su propio acento, su comida e incluso su vestimenta. Coinciden también los que han emigrado a Estados Unidos, pero que van y vienen a su país para convivir con la familia y reconectar con su historia. Por supuesto no faltan los locales que, influenciados por ambos lados de la frontera, usan de manera indistinta las monedas de los dos países, crean nuevas palabras con los idiomas de uno y otro lado y se mueven entre ambos entornos como si fuera uno. En ese territorio de intercambio continuo, es posible sentirse parte de distintas realidades al mismo tiempo.
Desde pequeño aprendí que vivir en la frontera implica adaptación. Uno aprende a moverse entre códigos distintos, a ajustar el lenguaje y a adecuarse al contexto. Es una rica experiencia cultural, pero representa un riesgo latente: si no sabes bien quién eres, puedes terminar definiendo tu futuro influenciado por el entorno y no por tus convicciones. Algo parecido ocurre hoy con muchas personas. Hay quienes crecen entre dos familias: la del padre y la de la madre, con dinámicas, valores y expectativas diferentes. Otros son impactados por amistades que se identifican con equipos deportivos opuestos, modas, clases sociales o corrientes de pensamiento antagónicas.
En realidad todos vivimos expuestos a múltiples influencias culturales, ideológicas y espirituales, y en medio de esa diversidad es fácil inclinarse hacia un lado u otro, adoptar actitudes, gustos y comportamientos según el grupo con el que se convive. Pero la diversidad no es el problema y tampoco las decisiones que tomamos. De hecho, es válido cambiar de equipo, de preferencias, de opiniones e incluso adoptar otra ciudadanía. Pablo mismo sugiere, en Romanos 12:2, que no debemos conformarnos a este siglo, sino ser transformados “por medio de la renovación de vuestro entendimiento…”. Sin embargo, hay cosas que no cambian: nuestra identidad biológica, por ejemplo, nuestro ADN, nuestra huella digital, nuestra forma de caminar, gestos y facciones físicas heredadas de nuestros padres. Por más que el entorno nos influya, en esencia seguimos siendo la misma persona. Y aunque intentemos parecernos a otros, hay rasgos que nos delatan, pues revelan de dónde venimos y quiénes somos.
En el mundo de los negocios, las grandes compañías actualizan los colores de sus marcas, sus diseños y eslóganes de acuerdo con estrategias de alcance y también con las tendencias, pero las marcas que perduran son las que no reinventan su propósito y misión, es decir, su identidad. De la misma manera, nuestra identidad espiritual no debe cambiar y, para que eso sea posible, necesita estar cimentada en Cristo. Jesús lo expresó con claridad cuando dijo que vivimos en el mundo, convivimos en el mundo, pero no somos del mundo (Juan 15:19). No se trata de aislarnos ni de desconectarnos de la realidad; se trata de recordar a quién pertenecemos. Podemos participar de la cultura, trabajar, relacionarnos y servir, sin permitir que el mundo redefina quiénes somos.
El apóstol Santiago utiliza una imagen muy didáctica para describir lo que ocurre cuando no afirmamos nuestra identidad espiritual. Dice que quien oye la Palabra pero no la pone en práctica es como alguien que se mira en un espejo y luego se va, olvidándose de cómo era (Santiago 1:22–24). En el espejo podemos ver quiénes somos, pero si no hay compromiso, arraigo o determinación, esta identidad se vuelve frágil y fácilmente moldeable.
La segunda prioridad del plan estratégico de la División Interamericana, es representada por un fuerte tronco que sostiene a un árbol y que transporta los nutrientes desde la raíz hasta las ramas, conectando la base con el fruto. Las iniciativas que incluye, buscan precisamente afianzar la identidad en Cristo de cada uno de los miembros de iglesia por medio de la implementación de programas de formación para ejercer el liderazgo con espíritu de servicio, fortalecer la mayordomía cristiana y promover el discipulado activo, conscientes de que “somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras…” (Efesios 2:10). Con cada uno de estos esfuerzos se busca asegurar que esta identidad no es solo teoría, sino que se traduce en vidas preparadas para vivir la misión.
Vale la pena enfatizar además que la identidad en Cristo no solo influye en la manera en que nos vemos a nosotros mismos, sino en la forma en que otros nos ven. Cuando nuestra identidad está cimentada en Él, se nota, no tanto por lo que decimos o no decimos, sino por nuestras decisiones, por nuestras actitudes y por nuestras reacciones. Por la coherencia entre lo que creemos y lo que hacemos.
En un mundo de influencias sociales, culturales y espirituales, Cristo sigue siendo nuestro fundamento firme. Aunque vivamos fuera de nuestra tierra de origen o nos relacionemos con quienes no comparten nuestros valores, Él nos da estabilidad y seguridad en el lugar y el momento donde nos toca desenvolvernos.
Al adoptar las iniciativas del plan estratégico, pero sobre todo al desenvolvernos en cualquier actividad, hagamos nuestra esta verdad: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).
Abel Márquez es el director del departamento de comunicación de la División Interamericana.