Tu voz es importante.

5 de febrero de 2025 |Estado de Washington, Estados Unidos | Jodi Genson

Los viajes misioneros son algunas de las más emocionantes aventuras que haya tenido mi familia. Hemos viajado desde nuestro hogar en el Estado de Washington, Estados Unidos, a muchos diferentes lugares —Ciudad de Nueva York, Belice, México, Puerto Rico, la República Dominicana y las Filipinas. Cada viaje estuvo lleno de sorpresas. Algunas de ellas maravillosas, algunas un tanto desagradables y algunas simplemente divertidas. Pero todas ellas nos dieron la oportunidad de conocer nuevas persona, hacer amigos y dar a conocer el amor de Jesús.

Una de las mejores partes en las aventuras de viaje fue el aprender acerca de las diferentes culturas. Nos encantó probar nuevos platillos, aprender cantos en diferentes idiomas y ver cómo vivía la gente en formas diferentes a las nuestras. Cada país tenía su propio sabor especial y nosotros nos sentimos honrados de experimentarlo.

¡Pero no todo fue color de rosa! Algunas partes fueron definitivamente . . . interesantes. Por ejemplo, en Belice, desperté una vez en medio de la noche para descubrir una enorme tarántula caminando sobre mi almohada. En ese mismo viaje, una zarigüeya o tlacuache trató de roer el techo para penetrar dentro de nuestra cabaña de paja. Y estaban también los alacranes que aparecían ocasionalmente en las regaderas, o las enormes arañas cuyas patas se podían ver apareciendo detrás del inodoro en la noche, Y esa era una sorpresa que nadie quería experimentar.

En República Dominicana nos encontramos con los mosquitos más grandes que haya visto en mi vida. Y como si esos mosquitos gigantes no fueran suficientes, ahí estaban también esos pequeños insectos casi invisibles que dejaban nuestra piel cubierta de rojizas ronchas y comezón. Las Filipinas posaron también su propio desafío: el sol abrasador. Después de solo una tarde nadando en el océano de hermosa corriente aguamarina, nuestra piel estaba tan quemada, que nos brotaron ampollas en los hombros y piernas. Esas cosas no fueron exactamente divertidas; pero esas pequeñas inconveniencias se convirtieron en parta de las historias que hicieron inolvidables nuestros viajes.

Títeres y sapos

Uno de mis recuerdos favoritos ocurrió en República Dominicana. Nuestro equipo estaba ayudando con clínicas médicas, reuniones con niños y programas de evangelización en poblados fuera de la capital, Santo Domingo. Yo estaba coordinando los programas para los niños. Construimos un teatro de títeres utilizando tubos de plástico y tela. No era nada sofisticado, pero una vez que aparecían en el escenario nuestros amigos marionetas Estela, Joaquín, Pablo y otros, los niños acudían corriendo de todas direcciones. Les encantaban las voces graciosas, los cantos un tanto simplones y las historias bíblicas que contaban los títeres.

Una tarde lluviosa, entramos a la parte trasera de una pequeña camionera Datsun y avanzamos a través de un lodoso camino lleno de baches hacia una pequeña población. Llovía tan fuerte, que nos preguntábamos si habría de venir algún niño a la reunión. Pero, tan pronto como nos instalamos, los niños vinieron corriendo. Los niños chapoteaban en los charcos, riendo y saltando, completamente empapados, pero sin que les importara en absoluto.

Mientras hacíamos nuestra presentación, la lluvia caía sobre el techo de nuestro escenario de títeres hecho de tela. Poco a poco se fue formando un charco de agua y el techo de lona comenzó a hundirse más y más sobre nuestra cabeza. Alzamos más la voz para contrarrestar el sonido de la lluvia, esperando que no se rompiera el techo. Finalmente, uno de los hombres de la comunidad trajo una escoba y levantó el techo de manera que el agua se derramó fuera con gran salpicadura. Los niños rieron a carcajadas. Aunque estábamos empapados, seguimos adelante y los niños escucharon con mucha atención cada historia que les contamos acerca de Jesús.

No todos los recuerdos fueron tan dulces. En otro viaje rumbo al campo, nuestra camioneta llevaba apiñadas a muchas más personas de las que se hubiese permitido en los Estados Unidos. Íbamos riendo y sacudiéndonos con los baches, cuando de pronto —¡pum!—, ¡un sapo saltó dentro de la camioneta! Desde el momento que entró, la gente comenzó a brincar fuera de la camioneta. Y no los culpo. A mí tampoco me gustaría que un sapo saltara sobre mi cabeza.

Bero no todas las ranas provocan miedo. En Puerto Rico me encontré con una variedad que de hecho me gustó. Se llama coquí. Es una pequeña ranita de árbol del tamaño de un centavo, pero que tiene una voz muy fuerte. Cada noche, el coquí venía hasta nuestra ventana y cantaba: “¡coquí! ¡coquí! ¡coquí!” Su canción de arrullo duraba toda la noche. Tal vez eso le resulte molesto a las personas que viven ahí; pero a mí me pareció su canto un tanto dulce.

Por supuesto, el coquí puede ser también un problema. Una coquí hembra puede depositar hasta 40 huevecillos de una sola vez ¡y eso lo hace cinco veces al año! Siendo que no cuentan con muchos enemigos naturales, la cantidad de ellos aumenta rápidamente. ¡Son muchas ranitas! Por esa razón, muchas personas en Puerto Rico las consideran una plaga.

El coquí me hace recordar una historia encontrada en la Biblia. Cuando Jesús entró al templo en Jerusalén, vio a personas vendiendo animales y cambiando monedas en forma deshonesta. Jesús volteó las mesas de esos cambiadores y los sacó de allí. La gente corrió asustada, pero los niños, no. En vez de ello, los niños comenzaron a cantar alabanzas: “Hosana al Hijo de David!” A los líderes religiosos no les gustó para nada eso. Le dijeron a Jesús que callara a esos niños. Pero Jesús dijo que no. Él quería que los niños siguieran cantando.

A veces, el hablar acerca de Jesús puede molestar a las personas que no lo conocen, así como el canto del coquí les molesta a algunos. Pero a Jesús no le molestan tus palabras de alabanza. ¡De hecho le encantan! Y de la misma manera que las funciones de títeres atrajeron a los niños a escuchar acerca de Jesús, tus palabras pueden atraer también a otros.

Así que este es el desafío: No tengas miedo de dar a conocer a Jesús. No tengas miedo de hablar en favor de él, aun cuando algunas personas no estén de acuerdo contigo. Tu canto, tu voz, son importantes. No sabes quién podría escucharlo y decidirse a seguir a Jesús por ese testimonio tuyo

Jodi Genson es una maestra jubilada que vive con su esposo en el Estado de Washington, Estados Unidos.

Traducción – Gloria A. Castrejón