Veamos los ocho mil millones a través de los ojos de Dios.
11 de marzo de 2026 | Silver Spring, Maryland, Estados Unidos | Erton C. Köhler, para Adventist Review
Imaginemos comprimir a toda la población mundial en un cubo. Los matemáticos han calculado que los ocho millones de personas apiladas podrían caber dentro de un cubo de aproximadamente un kilómetro por lado.[1]
La humanidad, con su historia y complejidad, podría contenerse en una manzana más pequeña que muchos barrios. Esta imagen es tan sorprendente que invita a reflexionar. En términos físicos, casi no ocupamos espacio, pero nuestro impacto y legado van mucho más allá del volumen mensurable.
Desde el principio, Dios dio a la humanidad un papel más grande que su mero tamaño. Que “tenga potestad” (Gén. 1:26) habla de mayordomía, no de privilegios. Estamos creados para moldear la vida, cuidar la creación y proteger la belleza. La historia demuestra cuán importante es esta tarea. Lo que Adán y Eva protegieron se perdió por su desobediencia. Noé vio un mundo remodelado por la violencia (Gén. 6:11). Abraham fue testigo del costo de la decadencia moral. Hoy la sociedad se enfrenta a los efectos acumulativos de decisiones que erosionan el planeta, distorsionan los valores y disminuyen la esperanza.
La narrativa bíblica no sucumbe al declive. Las Escrituras nos elevan más allá del colapso y nos llaman al propósito: “De Jehová es la tierra y su plenitud” (Sal. 24:1). La creación sigue siendo su posesión y llama a su pueblo a restaurar esa relación: no mediante la coacción sino mediante el testimonio. Jesús afirmó la dignidad de nuestro llamamiento: “Vosotros sois la luz del mundo” (Mat. 5:14). Estamos destinados a iluminar, no a dejar el mundo inalterado.
El movimiento adventista existe porque, en un mundo de un kilómetro cúbico de tamaño, ocho mil millones de historias anhelan la esperanza. Ningún logro ni política puede satisfacer el hambre de todas las lenguas y culturas. Pero el evangelio eterno aborda el problema con claridad, relevancia y gracia. No es opcional: es el remedio de Dios para un planeta que ha olvidado su origen y ha perdido de vista su destino. Elena White expresó: “Cada alma es tan plenamente conocida por Jesús como si fuera la única por la cual el Salvador murió”.[2]
Si Cristo ve a cada persona con ese nivel de devoción, entonces la iglesia no puede definir su misión por estadísticas, presupuestos o geografía. Cada vida es invaluable. Un movimiento que crea esto, se convierte en una fuente de sanación en un mundo quebrantado. Nuestra misión gana fuerza porque está arraigada en las Escrituras, centrada en Cristo y empoderada por el Espíritu. Una iglesia basada en la Biblia y centrada en la misión sirve como testimonio de esperanza allí donde reina la desesperación.
Esta hora requiere más que tan solo observación. Exige devoción, discernimiento y valentía. El mundo se siente abrumado por diversas crisis, pero sigue estando accesible al amor. El planeta sufre decisiones que afectan la vida, pero aún puede renovarse por medio de vidas entregadas a Cristo. Nuestra mayordomía no solo incluye la tierra bajo nuestros pies, sino también a las personas que nos rodean. A medida que entregamos el mensaje adventista a cada nación, tribu, lengua y pueblo, comienza a surgir un nuevo horizonte más allá del antiguo. El llamado nunca ha estado más claro. Ha llegado el momento de ser una iglesia que brille, sirva y proclame.
Maranata.
[1] Véase Phil Plait, “The Human Cube: The Volume of Humanity,” Syfy Wire, 14 de octubre de 2018, https://www.syfy.com/syfy-wire/the-human-cube-the-volume-of-humanity, y Carson Chow, “The Mass of Humanity”, Scientific Clearing House, 26 de junio de 2009, https://sciencehouse.wordpress.com/2009/06/26/the-mass-of-humanity/.
[2] Elena G. White, El Deseado de todas las gentes (Mountain View, Calif.: Pacific Press Pub. Assn., 1955), p. 445.
Traducción de Marcos Paseggi