Identidad, motivación y la sutil erosión del valor dado por Dios.
29 de abril de 2026 | Silver Spring, Maryland, Estados Unidos | Jeremy Hall para Adventist Review
El orgullo y la cuestión del valor
El orgullo puede ser un enemigo disfrazado. Con frecuencia se nos acerca sigilosamente en formas que tal vez no podamos reconocer en forma tangible.
Una declaración en la lección de esta semana me llamó la atención en forma particular: “El orgullo surge del deseo de mostrar que nuestra vida tiene valor”. Como administrador educacional y terapeuta clínico; esta declaración me pareció tanto fascinadora como preocupante. Si deseo mostrar que mi vida tiene valor, ¿no estoy ya con ello comenzando desde una situación de déficit? Si me siento compelido a probar mi valor, debo operar bajo la asunción de que intrínsecamente, no existe.
Las Escrituras presentan un punto de partida muy diferente:
“Tú creaste mis entrañas;
me formaste en el vientre de mi madre…
¡Te alabo porque soy una creación admirable!”
Si Dios nos entretejió en el vientre antes de que fuéramos capaces de lograr el éxito o el fracaso, nuestro valor fue establecido antes de que pudiéramos haber hecho lo correcto o lo incorrecto. Sin embargo, el pecado nos separa de Dios y nubla nuestra habilidad para entender el valor que él estableció cuando nos creó. Adán y Eva pecaron y entonces se escondieron. Pero Dios los buscó. ¿Por qué?, Porque él tenía y todavía tiene una solución para el pecado y valora profundamente al pecador. Si no hubiéramos sido de valor después de que pecamos, entonces, ¿por qué Dios habría de haber salido en la búsqueda de Adán y Eva con el remedio a sus errores? Él todavía persiste en su búsqueda.
“Porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10).
¿Qué tiene que ver esto con el orgullo? Analicemos esto en forma más profunda.
Culpa, devaluación propia y falsa humildad
He hablado con muchas personas que se sienten agobiadas por la culpa de errores pasados y por percepciones profundamente internalizadas de “ser menos que”. Con el tiempo, esto puede evolucionar en autocastigo y desprecio de sí mismo en forma crónica. Estas personas mantienen expectativas bajas en cuanto a sí mismas y algunas veces aceptan normas no saludables en sus amistades o matrimonios, porque piensan que no merecen algo mejor. Algunas veces caen dentro del patrón de hacer buenas obras porque perciben que tales buenas obras de alguna manera les devuelve su valor como personas. Algunas veces nos enorgullecemos de la “recuperación” de nuestro valor desde un estado de desprestigio y, nuestra experiencia cristiana llega a parecerse a un intercambio de negocios. Peor aún, nos sentimos mejor al escuchar acerca de los infortunios y errores de los demás, porque estamos luchando por un orgulloso análisis comparativo que nos haga sentir de alguna manera mejores porque, “por lo menos, no hemos hecho algo tan malo como lo ha hecho nuestro prójimo”.
Sin embargo, las Escrituras dicen claramente que no hay nada que podamos hacer para “recobrar” nuestra persona, excepto confesar, arrepentirnos y aceptar la justicia de Cristo. La única manera de escapar a la condenación es si estamos en Cristo.
“Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús” (Rom. 8:1).
Nuestro valor, nuestra existencia misma, no puede incrementarse por medio de un buen comportamiento, o disminuirse por un fracaso. Nuestro valor es intrínseco porque somos seres creados por la mano de Dios. Nada que hagamos puede añadir a ello y nada que hagamos puede disminuirlo o anularlo. El esfuerzo lleno de orgullo no es entonces evidencia de fortaleza, sino una silenciosa contradicción del valor que Dios ya nos ha asignado.
Motivación, logro y la trampa del reconocimiento
Cuando tratamos de definirnos a través de logros o reconocimiento, caemos en lo que podría llamarse la trampa del logro; en otras palabras, valorar lo que el éxito hace por nosotros en vez de lo que Dios intenta hacer a través de nosotros. Esto es ultimadamente una cuestión acerca de motivación: por qué hacemos lo que hacemos, decimos lo que decimos, o buscamos lo que buscamos.
La cultura occidental refuerza esta trampa con un lenguaje que alienta el orgullo en la propia persona: “Siéntete orgulloso de lo que haces”. o “Debes sentirte orgulloso de ti mismo”. Aunque la intención sea animar a la persona, tales palabras pueden ir ligando lentamente nuestra identidad a la alabanza. Con el tiempo, el reconocimiento nos vivifica, mientras que su ausencia nos socava.
Las Escrituras ofrecen una indicación correctiva:
“Hagan lo que hagan, trabajen de buena gana, como para el Señor y no como para nadie en este mundo” (Col. 3:23).
Cuando el reconocimiento se convierte en la motivación, es seguido inevitablemente de la comparación; y la comparación produce quietamente insatisfacción, celos y orgullo herido.
Escuché recientemente una entrevista en la que un actor famoso hablaba con un reportero. El actor manifestó que el 99.9 por ciento del tiempo, el ser famoso y reconocido era bueno. Se sentía bien al escuchar a las personas decir que lo amaban, lo reconocían y hablaban con bondad acerca de él. En una ocasión, contrató un maquillador para que lo hiciera parecer como que no era él. Pasó todo un día caminando a través de un famoso mercado de Los Ángeles y nadie lo reconoció en todo ese tiempo. Dijo que no le agradó esa experiencia y que prefería ser famoso y reconocible. Esencialmente, su identidad estaba correlacionada con una evaluación externa en vez de una interna.
Como pueblo de Dios debemos estar conscientes de qué es lo que está moldeando nuestra motivación. ¿Hacemos buenas obras porque estamos en busca del reconocimiento de los demás, particularmente de aquellos dentro de nuestra comunidad de fe, o estamos haciendo buenas obras cono consecuencia natural de una genuina relación con Jesús? Cuando la motivación está fincada en el lugar incorrecto, el peligro es la trampa absolutamente consumidora del análisis comparativo. Comenzamos a pasar mucho tiempo comparando nuestros logros y sus reconocimientos y galardones acompañantes, con aquellos de quienes nos rodean.
Pero más siniestro aún, comenzamos a sentirnos celosos del estatus o posiciones de otros y, como Lucifer, nos volvemos insatisfechos. Comenzamos a hacernos preguntas tales como “¿por qué esa persona fue elegida para esa posición?”, o “creo que yo estaba igualmente bien calificado”. Tal vez algún amigo nos dice que se sorprendió de que no obtuviéramos esa posición. O bien, podemos sentirnos heridos en nuestro orgullo porque no fuimos invitados a una reunión confidencial de planificación de alto nivel, cuando otros a quienes percibimos como “menos calificados” sí lo fueron. Por el contrario, si somos elegidos o se nos pide que prestemos nuestros servicios en una junta especial, podríamos experimentar un nivel peligroso de orgullo en nuestra percibida importancia o sabiduría, creyendo que somos procurados por lo que podemos brindar, en vez de por lo que Dios intenta hacer a través de nosotros en ese papel a desempeñar.
Por qué el orgullo es tan peligroso espiritualmente
At mitad del desarrollo de la lección del miércoles, nos encontramos con una de las declaraciones más aleccionadoras e inspiradoras de la semana. Elena G. White señala:
“No hay nada que ofenda tanto a Dios, o que sea tan peligroso para el alma humana, como el orgullo y la suficiencia propia”.[*]
No creo que Dios odie más este pecado porque sea el más grande asalto contra su personalidad, o simplemente porque este fue el pecado que hizo que Lucifer fuera arrojado del cielo. Creo que Dios lo odia más porque lleva consigo el enorme riesgo de la pérdida eterna de sus hijos. ¿Por qué?, porque el orgullo constituye una falsa visión, un tipo de realidad virtual en 8K que nos ciega de tal manera que no percibimos la imagen auténtica de quiénes somos y el reconocimiento claro de quién es Dios. Es el defecto fatal y pienso que se encuentra en la raíz de cada pecado. Es una extensión excesiva de la identidad y con frecuencia el riesgo es invisible, mientras que las consecuencias son amargas.
Estoy agradecido de que este trimestre haya subrayado este tópico tan importante. Que podamos pasar tiempo con Dios cada día, de manera que nuestra comprensión de quiénes somos nunca sea menos de lo que él desea y, ciertamente, nunca más de aquello de lo que fuimos creados para ser.
“Dios se opone a los orgullosos, pero da gracia a los humildes” (Santiago 4:6).
[*] Elena G. White, Palabras de vida del gran Maestro, (Washington, D.C.: Review and Herald Pub. Assn., 1900, 1941), p. 122 (Ref. en inglés).
Jeremy Hall es el director del Departamento de Educación de la Asociación de Michigan. Ha prestado servicios en varias posiciones dentro de la educación adventista durante los pasados 25 años, incluyendo la de decano de jóvenes, capellán de institución educativa y maestro de religión, así como director y superintendente de escuelas. Posee también licencia como sicólogo con nivel de maestría.
Traducción – Gloria A. Castrejón