26 de marzo de 2026 | Torben Bergland, MD, para Reminded.org
Todo el organismo está involucrado en las respuestas a la ansiedad; pero hay dos partes del cerebro que son especialmente importantes:
1. La parte del cerebro relacionada con las emociones, conocida como sistema límbico y, dentro de esta parte del cerebro que tiene que ver con las emociones, la amígdala, que es la que controla la respuesta emocional del cerebro y el sistema de la memoria.
2. La parte pensante del cerebro, conocida como lóbulo frontal, que anticipa e interpreta situaciones, decide la respuesta preferente y planifica lo que debe hacerse.
Los episodios de ansiedad pueden iniciarse tanto en la parte emocional como en la pensante del cerebro; pero, independientemente de dónde comiencen, la otra parte se activará e involucrará eventualmente.
Imagina que estás caminando afuera y de pronto te das cuenta de que estás por pisar algo que parece una serpiente. En ese momento se dispara el sistema de alarma de la amígdala. Este sistema reconoce un peligro potencial, activa una respuesta al estrés y prepara al cuerpo para luchar, huir o paralizarse. En la lucha o la huida se liberan adrenalina y cortisol. Se tensan los músculos, el ritmo cardiaco y el de respiración se acelera, se eleva la presión sanguínea y se acarrean oxígeno y glucosa a los músculos, se eleva el sistema de alerta y ocurren otras respuestas más.
La amígdala es un salvavidas. Antes de que tengas tiempo para pensar acerca de lo que debes hacer, tu cuerpo se aleja inmediatamente de eso que parece una serpiente. El cerebro emocional toma el control y se hace cargo sin pedir la aprobación del cerebro pensante.
El paralizarse es la respuesta de “hacerse el muerto”, en donde se libera acetilcolina y se activan respuestas corporales opuestas.
En personas con trastornos de ansiedad, la amígdala puede volverse hipersensible, malinterpretando y respondiendo desproporcionadamente a los detonadores. Esto lleva a falsas alarmas y respuestas de intenso temor que no son ya salvavidas, sino más bien factores perturbadores. La amígdala se ve activada por imágenes, sonidos, olores y otras sensaciones que no son peligros reales. La amígdala activa el cerebro que piensa más despacio, que ayuda a interpretar y evaluar el peligro y determina si se debe continuar o detener la respuesta al estrés.
Los episodios de ansiedad que se inician en el cerebro pensante son diferentes. Imagina a una persona sentada en su casa, haciendo planes para salir a caminar. Al imaginar creativamente su caminata, se imagina que puede pisar una serpiente, que la serpiente la va a morder y que se va a morir sola sin nadie que pueda ayudarle. Aun cuando este escenario solo cobra realidad en su pensamiento, tales pensamientos inquietantes pueden actuar como detonadores de la amígdala y causar un episodio de ansiedad con síntomas emocionales y físicos, Al final, la persona decide no salir a su caminata.
Estos dos escenarios ilustran la “vía cerebral de las emociones” en los episodios de ansiedad. Estas vías de ansiedad están compuestas por millones de células nerviosas que se comunican por medio de químicos llamados neurotransmisores en billones de conexiones nerviosas llamadas sinapsis. Neurotransmisores tales como:
En el siguiente artículo vamos a explorar la forma como podemos entrenar y tratar al cerebro y al cuerpo de manera que podamos manejar la ansiedad y vivir mejor.
Traducción – Gloria A. Castrejón