Fe, servicio y esperanza después de los terremotos en Venezuela

17 de agosto de 2026 | Texas, Estados Unidos | Nelson Silva

“¡Ayúdenos por favor!”

Una mujer en la parte posterior de una motocicleta se bajó tan pronto como el conductor apagó el motor del vehículo bajo la cochera abierta de la estación de bomberos. Era el cuarto día después de los dos devastadores terremotos de magnitud 7.2 y 7.5 que devastaron el norte de Venezuela, siendo la ciudad costera de La Guaira la que sufrió el mayor daño.

La angustiada mujer explicó apresuradamente: Anoche los vecinos cercanos a un edificio que colapsó informaron haber escuchado ruidos procedentes de debajo de los escombros. Necesitamos ayuda para confirmar si hay alguna posibilidad de encontrar a alguien con vida”.

Un edificio colapsado en Caraballeda, La Guaira. [Imagen: Nelson Silva]

Como intérprete, pasé su mensaje al equipo Gideon Rescue Company (GRC), que había estado trabajando incansablemente desde que llegaron dos días después de los terremotos.

La base de operaciones de la GRC estaba en la estación de bomberos en Caraballeda, La Guaira. A lo largo del camino principal que llevaba a la estación se encontraban edificios colapsados y abandonados. El equipo se convirtió rápidamente en uno de los principales grupos de rescate en la zona, porque podía detectar en dos formas señales de vida debajo de los escombros, ya sea a través de un equipo especializado en detectar sonidos y a través de perros entrenados en búsqueda y rescate.

El micrófono parabólico empleado por ellos parecía como algo perteneciente a una película antigua de espionaje. Descrito frecuentemente como “oído biónico”, este aparato puede detector sonidos a grandes distancias y es lo  suficiente sensible como para captar los trinos de las aves  a centenares de metros de distancia. El segundo método involucraba a tres altamente adiestrados perros de búsqueda, de las razas labrador y golden retriever.

Siempre que se detectaba alguna evidencia de vida, surgía la esperanza entre las ansiosas familias, a la vez que una renovada determinación entre los equipos de excavación. Ese era el caso respecto a la mujer que estaba delante de nosotros.

Se sentía profundamente agradecida por aun el más pequeño rayo de esperanza.

Esta no era la primer tragedia que había soportado. Había sobrevivido a los devastadores aludes de lodo en 1999, conocidos como la tragedia de Vargas, que destruyó grandes secciones de la misma región. Había perdido su hogar entonces; pero, a través de perseverancia, había reconstruido su vida y eventualmente había llegado a comprar un apartamento no lejos de donde había estado su hogar original.

El pastor Nelson con fuerzas del orden locales después de compartir con ellos folletos GLOW. [Imagen: Nelson Silva]

   Ahora, 27 años después de los aludes de barro, la mujer se encontraba enfrentando otra catástrofe.

El miércoles 24 de junio, se encontraba aproximadamente a ocho kilómetros lejos del estadio local en donde ocurrieron los terremotos a las 6:04 p.m. tiempo local. Los dos poderosos terremotos duraron aproximadamente 20 y 30 segundos, separados uno del otro por solamente 39 segundos.

Me ofrecí a orar con ella y lo aceptó de buen grado. Después de orar, me abrazó y lloró.

Silencio

Llegamos a La Guaira el domingo 28 de junio. Eran casi las 10:00 p.m. cuando depositamos las maletas en el edificio que nos iba a servir de albergue durante los siguientes días.

Al entrar al edificio, un poderoso grito resonó por las calles: “¡Silencio!

Habría de escuchar esa orden muchas veces durante varios días.

Los equipos de rescate necesitaban silencio completo mientras escuchaban por señales de sobrevivientes atrapados bajo los escombros. La gente inmediatamente cesaba de hablar. Se apagaban los motores de los vehículos. Toda la atención se enfocaba en la operación de búsqueda.

Algunas veces una orden podría señalar que este ejercicio había terminado sin éxito.

En otras ocasiones se escuchaban los vítores: “¡Hay alguien vivo allí!”

Gritos de júbilo, aplausos y celebración se propagarían entonces entre la multitud.

El equipo GRC apenas había acomodado su equipaje antes de preguntar: “¿En dónde está el resto del equipo? Llévenos allí. Estamos listos para trabajar”.

Greg Simpson, un miembro de la Compañía de Rescate Gedeón, escarbando sobre un edificio colapsado en Catia La Mar, La Guaira. Con la esperanza de encontrar sobrevivientes en el sitio, el grupo preparó la zona para el equipo de detección de sonidos.  [Imagen: Nelson Silva]

  Héroes no reconocidos

 El centro de la noticia fue, comprensiblemente, las vidas que se perdieron.

Pero yo fui testigo de otra historia —una que raramente aparece en los titulares de los noticieros: la historia de los héroes anónimos.

Su motivación no son los aplausos ni las agendas políticas. Ellos simplemente escuchan acerca de un desastre, abordan un carro, una motocicleta o un aeroplano y se dirigen hacia la devastación con un propósito: usar sus dones, talentos y habilidades para salvar vidas.

Algunos voluntarios trabajaron directamente en la peligrosa tarea de cavar entre los escombros. Otros apoyaron a los obreros de rescate al proveerles alimento, equipo, transporte y aliento.

Al caminar por las calles de La Guaira con el equipo de rescate, incontables personas nos ofrecieron agua, alimento y palabras bondadosas. Muchos de ellos habían cargado independientemente suministros en sus vehículos y los habían llevado a las zonas afectadas. En otros lugares, gente escarbando entre los escombros y aquellos esperando cerca para relevar a los trabajadores exhaustos habían viajado desde diferentes partes de Venezuela.

Sus historias eran notablemente similares: “Escuché acerca de la tragedia, así que subí a mi vehículo y me vine”.

O bien, “hice autostop hasta aquí porque quería ayudar”.

Esperanza a través de la oración

La oración probó ser el apoyo más poderoso que podíamos ofrecer. Cuando el esfuerzo humano llega a sus límites y las explicaciones parecen insuficientes, Dios sigue siendo nuestro refugio y fortaleza.

“Dios es nuestro refugio y nuestra fortaleza, nuestra segura ayuda en momentos de angustia” (Salmo 46:1).

Oramos antes de cada ejercicio de detección de sonido. Oramos con los sobrevivientes, con el personal de primeros auxilios, con los oficiales de las fuerzas del orden, los oficiales de gobierno y con completos desconocidos que encontramos en las calles.

Una y otra vez se sentían profundamente conmovidos por el gesto. Muchos respondieron citando ellos mismos las Escrituras. Siempre concluimos nuestras oraciones con palabras de afirmación por el buen trabajo hecho y la esperanza que tenemos en Jesucristo.

Doce años perdidos

Una tarde, mientras caminaba con un voluntario local hacia el sitio de rescate, noté le  presencia de una mujer joven de pie junto a un edificio comercial dañado. La joven permanecía en la acera. Tenía a sus pies una pequeña y empolvada bolsa de regalo. Su cabeza estaba inclinada hacia arriba como deseando contener las lágrimas.

Dejé por un momento la conversación y me aproximé quietamente a ella.

Cuando notó nuestra presencia, trató de recobrar la compostura. Resultaba claro que estaba procurando un momento a solas en medio de la devastación pública.

Al acercarme a ella noté lágrimas en su rostro. Toqué suavemente su hombro y me paré silenciosamente junto a ella. Señalando hacia la polvorienta bolsa de regalo le pregunté acerca de eso.

Ella respondió: “Regresamos a ver cómo estaba nuestro pequeño negocio y esto es lo único que pude rescatar. Hemos perdido todo —12 años de arduo trabajo”.

Entonces rompió en llanto. Lloró desconsoladamente lamentando su pérdida antes de reclinarse contra mi hombro y sollozar.

Mi compañero y yo la rodeamos de oraciones. Antes de partir, le dimos un AWR Godpod —un dispositivo de evangelización por audio con mensajes de esperanza y fe.

Pronto llegaron sus amigos y la guiaron suavemente a un automóvil mientras continuaba sollozando.

No puedo sacar esa imagen de mi mente.

Me pareció que tal vez se sentía culpable de llorar públicamente porque había perdido su negocio, mientras que otros habían perdido seres queridos. Tal vez esa era la razón por la que se había aislado. Independientemente de sus razones, su dolor era muy real.

Ojalá encuentre esperanza en Cristo.

Cartas del juego Uno encontradas entre los escombros de un edificio de apartamentos colapsado se convirtieron en un poderoso recordatorio de que un día Dios va a revertir la condición de este mundo con todo su dolor y sufrimiento. [Imagen: Nelson Silva]

La tarjeta verde de reversa

Un día llegamos hasta un edificio colapsado en Catia La Mar, una zona que había recibido relativamente poca atención.

Había personas que removían los escombros, buscando incansablemente. Otros estaban sentados cerca, esperando y orando. Eran familiares que se aferraban a la esperanza de que ocurriera un milagro.

Al ir caminando cuidadosamente entre los escombros de lo que había sido un edificio de apartamentos de seis pisos, me fijé en algunos recuerdos de vida cotidiana esparcidos por todas partes.

Una bicicleta.

Libros acerca de aeroplanos.

Fotografías esparcidas.

Cartas para el juego Uno.

Levanté una de esas cartas y la guardé en el bolsillo trasero.

Días más tarde, después de regresar a casa, me acordé de ello.

Saqué la carta de mis pantalones de rescate y la volteé.

Era una carta verde que indicaba reversa.

Y estallé en lágrimas.

Voy a atesorar para siempre esa carta —no solamente como un recordatorio de

la gente en La Guaira, sino también como símbolo de esperanza.

Un día todo este dolor, pérdida y sufrimiento va a ser revertido.

Aleluya.

“Él enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte ni llanto, tampoco lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir”(Apocalipsis 21:4).

El color verse nos habla de crecimiento, renovación y vida. Un día los oscuros escombros y el quebrantamiento de este mundo darán paso a verdes pastos, belleza y restauración, al hacer Dios nuevas todas las cosas.

“El Señor mismo descenderá del cielo con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán primero”  (1 Tesalonicenses 4:16).

Hasta que llegue ese día, continuamos sirviendo a Jesús, amando a las personas e invitando a otros a poner su esperanza en él.

Traducción – Gloria A. Castrejón