Desafié a mis alumnos a participar en un foro con una pregunta aparentemente sencilla: ¿tenemos los seres humanos la capacidad de crear, sí o no? Algunos respondieron que no, pues, aunque podemos expresar ideas, combinar materiales y transformar cosas, no podemos producir algo de la nada. Otros dijeron que sí, pues podemos imaginar, diseñar y dar forma a cosas que antes no existían de ese modo. Aunque todos compartían la convicción de que Dios es el único ser Creador, capaz de dar vida, como humanos creados a su imagen tenemos la capacidad de imaginar, transformar y dar forma a algo nuevo, y quizás eso también sea crear.
La pregunta que discutimos en clase merece una mirada más atenta al lenguaje de la Biblia. El Comentario Bíblico Andrews señala que el verbo hebreo bará, traducido como “creó”, no siempre describe una creación de la nada (ex nihilo). Amós lo usa al hablar del Dios que crea el viento; Isaías, al anunciar que Él creará cielos nuevos y una tierra nueva, y en el Salmo 51, David emplea el mismo verbo para pedirle a Dios: “Crea en mí un corazón limpio”. Cada pasaje tiene un énfasis distinto sobre el concepto de crear. No necesariamente se enfocan en qué había antes, pero todos resaltan la acción de Dios, quien hace posible algo nuevo. Con eso podemos estar seguros de que Dios es el único Creador, pero nosotros también podemos crear con lo que hemos recibido de Él. Y no nos estamos contradiciendo, pues reconocer a Dios como el Creador no nos impide reconocer la capacidad de crear que Él nos dio.
Pero crear no es el único verbo con el que la Biblia describe la acción creadora de Dios. Génesis 2:7 dice que “Dios formó al hombre del polvo de la tierra”. El verbo “formó”, del hebreo yatsár, evoca el trabajo de un artesano que moldea el barro y le da forma. De la misma raíz procede la palabra “alfarero”, que aparece en diferentes capítulos de Isaías y Jeremías. Esto nos acerca a otra dimensión del concepto de crear: tomar un material, descubrir sus posibilidades y darle una forma que antes no tenía. Podemos pensar en las figuras que los niños hacen con plastilina; en las manos que moldean ladrillos de barro; en los artistas que bocetan con lápiz o pintan al óleo; en los arquitectos que levantan grandes edificios de acero y concreto; o en los fabricantes que producen objetos mediante impresoras 3D. En todos estos casos, nuestras manos trabajan con algo que ya existe para hacer algo nuevo. Entonces comienza a cobrar sentido decir que somos creadores, y resalto la minúscula, pues, aunque podemos imaginar y dar forma a posibilidades que todavía no se han hecho realidad, no somos capaces de originar la vida.
Ahí está la diferencia que quiero subrayar: nosotros podemos pensar, generar ideas, trabajar con materiales, imaginar lo que todavía no existe y darle forma; pero la vida procede exclusivamente del aliento de Dios. En Romanos 9:20 y 21, Pablo retoma la imagen del alfarero y pregunta con cierta ironía, si acaso lo moldeado puede decirle a quien lo moldeó: “¿Por qué me has hecho así?”. Somos capaces de dar forma a muchas cosas, pero no debemos olvidar que somos obra de las manos de Dios. Nuestra capacidad de crear, con minúscula, es extraordinaria; pero la capacidad de Dios como Creador, con mayúscula, es la que hace posible nuestra propia vida y, con ella, todo lo que podemos llegar a crear.
Todo esto nos aclara una verdad sencilla, pero necesaria: dependemos de Dios. El Salmo 100 nos recuerda: “Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos”. Podemos dibujar, diseñar, construir y deleitarnos al ver que nuestras ideas toman forma, pero incluso la mente con la que imaginamos, las manos con las que trabajamos y la vida que nos permite hacerlo, son dones recibidos de Dios. Nada de eso disminuye el valor de nuestras ideas ni la satisfacción de convertirlas en algo real. Al contrario, les da un sentido más profundo. Podemos disfrutar plenamente la capacidad de crear, siempre que no olvidemos nuestro origen: somos creadores porque primero fuimos creados por el Creador.