Desde hace años tengo la costumbre de despertarme, de vez en cuando, mucho antes del amanecer y manejar unos 40 minutos hasta la playa para pasar allí las primeras horas de la mañana. Hay algo especial en levantarme antes que todos, en la penumbra, prepararme para tomar camino y disfrutar el silencio de la madrugada, expectante del amanecer que estoy a punto de contemplar.

Es mi manera de hacer una pausa, ordenar mis pensamientos y, sobre todo, reconectar con Dios mientras admiro de lo que para mí es uno de los mejores espectáculos. Algo hermoso sucede en esos minutos en los que todavía está oscuro, pero poco a poco comienza a aparecer la luz. El paisaje no cambia de golpe. Primero es solo el sonido de las olas y la sensación de la arena bajo mis pies. Luego se distingue apenas una línea naranja en el horizonte, seguida de una combinación de colores y los rayos asomándose entre las nubes, como estirándose antes de despertar… y, casi sin darme cuenta, todo lo que estaba escondido en la oscuridad comienza a verse con la claridad de la luz del sol.

Uno de estos días, mientras leía Proverbios 4: 18, 19 entendí por qué regreso siempre a esa orilla: la vida con Dios rara vez es un rayo repentino. Se parece mucho más al amanecer. Es una claridad que se construye poco a poco, paso a paso, decisión tras decisión. “El camino de los justos es como la primera luz del amanecer, que brilla cada vez más hasta que el día alcanza todo su esplendor. Pero el camino de los perversos es como la más densa oscuridad; ni siquiera saben con qué tropiezan”.

Me fascina que Salomón describiera el camino del justo de esa manera. A veces esperamos grandes momentos que transformen nuestra vida de un día para otro, cuando buena parte de nuestro camino se va construyendo con decisiones mucho más pequeñas.

Unos versículos después aparece uno de los consejos más conocidos del capítulo: “Sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque este determina el rumbo de tu vida” (versículo 23). Quizá ahí comienza todo. Lo que dejamos entrar en nuestra mente y nuestro corazón influye en los pensamientos; nuestros pensamientos influyen en nuestras decisiones, y nuestras decisiones, repetidas día tras día, van trazando el camino que recorremos.

Es una especie de círculo virtuoso: una buena decisión facilita la siguiente. Buscar sabiduría. Escuchar a quienes tienen más experiencia. Guardar la Palabra de Dios en el corazón. Detenernos antes de decidir. Elegir con cuidado qué alimenta nuestra mente.

Ninguna de estas acciones parece extraordinaria por sí sola, pero juntas pueden ir marcando una dirección. Tal vez por eso he llegado a valorar tanto esas mañanas frente al mar. No es solamente la tranquilidad de la playa ni lo bonito del amanecer. Es tener un espacio, antes de comenzar con las demandas del día, para alimentar mi mente con la Palabra de Dios, hablar con Él y recordar hacia dónde quiero dirigir mis pasos.

No porque hacerlo garantice que todo saldrá bien. La sabiduría no evita todos los problemas, y caminar con Dios no significa que nunca experimentaremos dolor, pérdidas o situaciones que están fuera de nuestro control, pero sí puede ayudarnos a decidir cómo caminaremos cuando lleguen.

Quizá por eso seguiré despertándome algunos días cuando todavía está oscuro y manejando esos 40 minutos hasta el mar. No porque crea que el amanecer tenga algún poder especial, sino porque cada vez que veo aparecer lentamente la luz sobre el horizonte recuerdo que el crecimiento también puede suceder así: poco a poco.

Una decisión más sabia. Una reacción diferente. Una palabra que decidimos no decir. Un momento para escuchar a Dios antes de actuar. Un paso en la dirección correcta.

Te invito a encontrar tu propio lugar y momento para estar a solas con Dios. Haz una pausa, escucha, guarda su Palabra en tu corazón y permite que, poco a poco, vaya dirigiendo tus próximos pasos.

Y tal vez la vida se construye precisamente así: una decisión, un paso y un amanecer a la vez.