19 de mayo de 2026 | Silver Spring, Maryland, Estados Unidos | Por Paulo Lopes, presidente de ADRA International

“¡Aprendan a hacer el bien! ¡Busquen la justicia y restituyan al oprimido! ¡Aboguen por el huérfano y defiendan a la viuda!”. — Isaías 1:17 (NVI)

Crecí dentro de una tradición que me enseñó que la compasión es una virtud. Y lo es. Pero a través de toda una vida de trabajo humanitario, he llegado a creer algo que puede a veces hacer sentir incómodas a las personas: la compasión sin acción está incompleta.

Paulo Lopes, presidente de ADRA International, visita proyectos de ADRA en la República Democrática del Congo. [Imagen: Rudy Kimvuidi]


No es lo mismo sentirse conmovido ante el sufrimiento de alguien, que el hacer algo al respecto. Simpatía no es justicia. Y en un mundo en donde millones de personas están hambrientas, desplazadas o privadas de dignidad básica, la brecha entre el sentir y el actuar es de enorme importancia.
La cómoda distancia de las buenas intenciones
Hay un tipo de compasión que nos mantiene cómodos. Sentimos tristeza por la persona necesitada. Es posible que hasta donemos algo y entonces sigamos adelante seguros de que somos esa clase de personas que se preocupa por los demás.

Pero Isaías no dice: “Siéntete profundamente conmovido por el oprimido”. Lo que dice es: “Procura la justicia. Defiende. Comprométete con la causa. Aboga por ella. Estos son verbos de compromiso y participación, no de observación. Requieren que nos movamos hacia el problema, no que simplemente lo reconozcamos desde la distancia.

Durante mis años sirviendo a las comunidades en todo el mundo me he encontrado con personas de extraordinaria compasión. Personas con corazón genuinamente bondadoso. Y he observado también que la bondad sola no siempre se traduce en valor para confrontar los sistemas injustos, abogar por cambios estructurales, o mantener la presencia a largo plazo con personas sufrientes. Eso requiere algo más. Requiere la disposición a permitir que la compasión nos cueste algo.

Empleados de ADRA y voluntarios en la República Democrática del Congo celebran la visita a su país del presidente de ADRA, Paulo Lopes. [Imagen: Rudy Kimvuidi]

La justicia es una forma de amor

Algunas personas separan la justicia del amor, como si pertenecieran a diferentes categorías. Dentro de mi tradición religiosa y en mi experiencia, son inseparables.

Amar a alguien es desear más que su comodidad inmediata. Es querer que las condiciones de su vida reflejen la dignidad con la que Dios las ha dotado. Eso significa agua potable; sí. Significa albergue de emergencia; sí. Pero significa también preguntarse la razón por la que muchas comunidades en todo el mundo continúan enfrentando las mismas luchas generación tras generación y preguntarse qué pueden hacer las personas fieles para ayudar a romper esos ciclos.

En ADRA prestamos asistencia de emergencia porque la gente necesita ayuda de inmediato; pero invertimos también en desarrollo a largo plazo, en soluciones encabezadas localmente, en el tipo de trabajo que les devuelve el poder a las comunidades en vez de crear dependencia. Ese cambio, del alivio inmediato a la restauración, de la caridad a la justicia, no es un alejamiento de la compasión. Es compasión madura.

¿Qué implica realmente actuar?

Voy a ser muy honesto contigo. El combinar la compasión con la acción es más difícil de lo que parece. Significa permanecer comprometidos cuando el problema no se resuelve rápidamente. Significa prestar oído a las comunidades en vez de asumir que sabemos lo que necesitan. Significa confrontar nuestro propia incomodidad cuando lo que vemos pone en tela de juicio nuestras ideas preconcebidas sobre cómo funciona el mundo.

Significa también aceptar que la justicia no es un solo acto dramático. Se acumula más bien en miles de decisiones ordinarias: ya sea que nos mantengamos siempre presentes; ya sea que contemos historias verdaderas acerca de las personas a quienes servimos, o ya sea que usemos nuestra voz en favor de aquellos que raramente son escuchados.

Soy de Brasil. Crecí siendo testigo de profundas desigualdades y eso me ha moldeado. Me ha dotado de una obstinada esperanza acerca de que las cosas pueden llegar a ser diferentes. No a través de la ira; sino a través de la fiel y persistente labor de las personas que creen que la visión de Dios respecto a la humanidad es mejor que aquella a la que con frecuencia nos conformamos. Esa esperanza, sostenida con delicadeza y devoción, es como se ve la justicia en la práctica.

Una invitación a la práctica de ambas

No te estoy pidiendo que abandones la compasión, Escúchame bien por favor: El mundo necesita más de ella, no menos. Es importante la calidez. Es importante la generosidad. Cuando sientas el impulso a ayudar cuando alguien está batallando, honra ese impulso y dale seguimiento.

Pero permite que la compasión te lleve a alguna parte. Deja que te haga plantearte preguntas que no se te había ocurrido hacer. Deja que despierte tu curiosidad acerca de las causas fundamentales. Permite que tu círculo de preocupación se extienda más allá de aquellos a quienes puedes fácilmente alcanzar.

Las palabras de Isaías fueron dirigidas a personas que no habían abandonado la adoración. Eran personas que seguían cumpliendo con las formalidades de su religión. Lo que habían perdido era la conexión entre su fe y sus acciones en el mundo. El llamado del profeta no era a sentir más; era a actuar en forma diferente.

La justicia no es opcional para aquellos que dicen seguir a un Dios que, como dicen las Escrituras, ama la justicia. Es la extensión natural de todo aquello que creemos acerca del valor de los seres humanos y el carácter de Dios.

Así que seamos compasivos. Seamos también valientes. Llevemos nuestra bondad todo el trayecto hasta el lugar en donde se convierte en acción y veamos lo que Dios hace desde ahí.

Traducción – Gloria A. Castrejón