Atrapados en una zona de guerra, sin un rescate inmediato, una familia eligió confiar en la guía divina.

12 de mayo de 2026 | MENAUM News

Los disparos rasgaban el aire en agudos y penetrantes estallidos, mientras la familia Pérez se adentraba en el corredor, alejándose de la sala y del peligro de alguna bala perdida.

“¿Cuándo llegará el equipo de rescate?”, se preguntaba Samir, repasando con urgencia los mensajes recibidos, con la esperanza de encontrar aquel que les anunciara que los esfuerzos de rescate ya estaban en camino.

Pero ese mensaje nunca llegó.

Por el contrario, el mensaje que recibieron anunciaba lo opuesto: el fuego cruzado en esa zona era demasiado intenso como para que el equipo de rescate pudiera llegar a ellos. No vendrían en su ayuda.

“¿Qué hacer ahora?” La no expresada interrogante pesaba duramente sobre ellos.

Desde el comienzo de la guerra, Samir había animado a su familia a enfocar su atención en las promesas de liberación por parte de Dios; pero no se podía descartar la posibilidad de quedarse atrapados; de que este pudiera ser el fin.

Con este reconocimiento de la situación se hizo patente también su entendimiento, todavía más importante, de que experimentaban paz. Sabían sin lugar a dudas que se encontraban en ese lugar y en ese momento por la voluntad de Dios. Dios los había llamado a estar ahí y ellos habían aceptado. En cada paso ellos habían elegido seguir el camino trazado por Dios.

Confianza en el llamado de Dios

Ocho años antes, Eva y Samir habían llegado a otro lugar en MENA (Oriente Medio-Norte de África), con un sólido sentido de su llamado a dar a conocer el evangelio con aquellos que tenían muy poca oportunidad de escucharlo sin la presencia de una persona real de carne y hueso —de un amigo.

“Estábamos llenos de entusiasmo”, recuerda Eva. “Llegamos con ideas, con la disposición a intentar nuevas cosas y con un gran deseo de mezclarnos con nuestros prójimos. Pero, aun cuando hicimos algunos amigos y tuvimos valiosas interacciones, había obstáculos que no pudimos sobrepasar”.

El sistema propio del país limitaba la interacción significativa con la población local, así que el ministerio de los Torres enfocó primordialmente su atención en los extranjeros que trabajaban en el país.

Con cada día que pasaba, Eva y Samir sentían más el hambre de compartir el amor de Dios con aquellas personas que aún no lo conocían; así que cuando un dirigente les presentó la idea de trasladarse a otro lugar en donde tuvieran más libertad de interactuar con naturales de ese país, acogieron la oportunidad. Después de una visita piloto, evaluación de la información y búsqueda de la aprobación divina a través de ayuno y oración, aceptaron la oferta con todo su corazón.

“¡Sí! ¡Iremos!”, contestaron decididamente.

Ahora, a pesar del estrés de estar atrapados en una zona de combate, sin una aparente salida, no se arrepentían de su decisión. Estaban seguros de su llamado y, al reflexionar en la forma como Dios los había guiado en el pasado, sabían que podían confiar en él aun ahora.

Con nada más que colchones en el suelo del corredor de su apartamento, Lola, su pequeña hija “subía” literalmente por las paredes del pasillo, cubriendo el espacio al apoyar los pies cada uno de ellos en el lado opuesto del pasillo. Leía también libros; pero la mayor actividad fue la de mantener un registro de cómo Dios estaba con ellos.

Al escribir Lola las formas como Dios había bendecido a su familia, se sintieron animados y llenos de esperanza. Era muy claro el cuidado de Dios hacia ellos. Se habían mudado de sitio dos veces para poder estar cerca de la escuela de su hija. Cuando la escuela se mudó nuevamente de lugar, ellos eligieron quedarse, sin entender totalmente la razón por la que Dios los había guiado ahí. Habían buscado formas de servir; pero ahora se daban cuenta de que Dios había dirigido sus pasos para salvar su vida. Los lugares en donde habían vivido antes del lugar actual de la escuela se encontraban todos devastados por la guerra.

Otro regalo de Dios que reconocieron fue simplemente el hecho de estar juntos. Samir tenía programado asistir a una reunión en la iglesia; pero el taxi había llegado tarde y, mirando en retrospectiva, comprendieron que eso les había evitado quedar separados cuando estalló la guerra. Otro motivo de consuelo para la familia fue la presencia de Silvia, hermana de Eva, quien se encontraba con ellos en ese tiempo.

Además, unos cuantos días antes de la crisis, la familia Torres habían salido de compras y se habían provisto de lo esencial, ajenos a lo que estaba por suceder. Cuando otros carecían de energía eléctrica, agua o alimentos, ellos tenían lo que necesitaban.

Eva está segura de que el enfocar la atención en las bondades de Dios y no en la guerra en sí, protegió a Lola de recuerdos negativos de esos días. Les ayudó también a alejar sentimientos de ansiedad al procurar una vía de escape.

Decisiones de vida o muerte

Samir seguía cuidadosamente las noticias y se dio cuenta de que el gobierno español estaba enviando cuatro aviones militares Hércules para evacuar a sus ciudadanos. “Tal vez podemos ir con ellos”, dijo lleno de esperanza. Inmediatamente trataron de comunicarse con sus respectivas embajadas y Eva recibió la noticia de que su embajada trataría de hacer la conexión en su nombre.

Mientras esperaban la confirmación, surgió otra posibilidad de escape. El director de ADRA llamó para decir que la familia Torres podía unirse a un convoy de ayuda humanitaria; pero que ellos necesitaban llegar por sí solos al punto de reunión.

Samir y Eva pesaron ambas opciones. El recorrido a través de la ciudad los llevaría a por las zonas de combate activo; pero, el permanecer en el apartamento, esperando por un plan que posiblemente no se materializaría nunca, implicaba sus propios riesgos.

“Si tan solo pudiéramos tener algo definitivo de parte del consulado español”, dijo Samir.

La familia se arrodilló en oración, derramando ante Dios sus temores y pidiendo su sabiduría. Al levantarse de sus rodillas, cada uno, en turno, compartieron la misma convicción: Tenían la certeza de que la evacuación española se llevaría a cabo y que ese era el camino que debían tomar.

Cuando el director de ADRA llamó nuevamente para comunicarles la hora y el lugar de la partida, Samir le hizo saber su decisión.

“¿Está seguro?”, le dijo. Y lo instó a reconsiderar su decisión. “¿Sabe usted lo que les está ocurriendo a los extranjeros?”. La milicia los tiene en la mira, está irrumpiendo en sus casas en busca de efectivo. Hay secuestros. Usted es responsable por su esposa, por la hermana de ella, por su hija…”.

Samir no vaciló. “Creemos que esta es la mejor opción”, dijo.

Dispuestos a morir

Pero, la mañana siguiente, la incertidumbre se hizo presente al despertar a la realidad de cuán solos se encontraban. A nueve días de iniciada la guerra, solamente dos familias permanecían en el edificio de su apartamento. La anterior comunicación con la embajada española había sido tranquilizadora —habían prometido mantenerlos al tanto—, pero ahora todo se había vuelto silencio.

Los empleados de ADRA ya se habían ido y ellos todavía no recibían ninguna noticia. ¿Habrían tomado la decisión correcta? ¿Los iba a guiar Dios a un sitio seguro, o era esta una de esas no deseadas respuestas a la oración —una que implicaba que no habría rescate temporal?

Los dirigentes de la Unión Misión Oriente Medio-Norte de África (MENAUM) se mantuvieron en contacto, dando seguimiento a su situación. “¿Cómo se sienten?”, preguntó a través de mensaje de texto el entonces presidente, Rick McEdward.

“Tenemos un plan”, respondió Sami; “y le hemos entregado nuestra vida a Jesús, confiando en que él estará con nosotros —aun si tenemos que morir”.

Habían ya resuelto la cuestión de fondo. Ya fuera que el rescate viniera o no, ellos iban a confiar en Dios y a seguir adelante con lo que sabían. El resultado fue una claridad de mente que les otorgó la habilidad de discernir lo que estaba ocurriendo a su alrededor—y de actuar.

Una salida

A las 7:00 a.m. Samir se comunicó nuevamente con la embajada de España y preguntó: “¿Se acuerdan de nosotros? ¿Somos todavía nosotros parte de su plan?”.

Para su tranquilidad la persona contacto en la embajada le respondió inmediatamente. “No se preocupen”, decía el mensaje. “Ustedes están en la lista. De hecho, hoy es el día. Necesitan estar en la casa del embajador no más tarde que a mediodía”.

Tomando sus mochilas, la familia Torres salió, dejando atrás todo en su apartamento. Y nuevamente reconocieron la provisión de Dios —la residencia del embajador se encontraba solamente a dos cuadras de su apartamento. Llegaron sin ningún problema al punto de reunión y se unieron a más de otras 30 personas en el sótano, esperando en ese lugar por horas mientras el sonido de los disparos resonaba a través del edificio por encima de ellos.

Entonces, aproximadamente a las 3:00 p.m. escucharon el llamado: “Ya es hora”.

El grupo fue llevado fuera apresuradamente y dirigido hacia un grupo de vehículos no blindados. No se ofrecieron detalles, pero ellos siguieron sin vacilar las instrucciones.

Justamente cuando el convoy comenzó a moverse, llegaron las noticias de que otro convoy de embajada había quedado envuelto en un tiroteo y alguien había sido balaceado. Se ordenó que todo mundo regresara al sótano. Durante tres largas horas esperaron, tratando de ignorar el estruendo de las balas a su alrededor.

Cerca de la puesta de sol se dio la luz verde para abordar de nuevo. La familia Torres quedó acomodada en un vehículo junto a un anciano y otra familia, situando a Lola en el piso en donde quedaría protegida del fuego cruzado.

Tanto la emoción como el miedo se apoderaron de ellos al partir el convoy a lo que serían 2.5 horas de jornada. Samir se mantuvo en contacto con los líderes de MENAUM, informando lo que podía percibir a través de la ventanilla —columnas de humo alzándose en el ocaso cada vez más denso. La carretera misma estaba inquietamente silenciosa al avanzar por ella, escoltada por la misma milicia que estaba causando estragos en la ciudad.

El convoy llegó eventualmente a un puente y la escolta se quedó rezagada. Se apagaron las luces del vehículo al cruzar lentamente, dejando atrás la milicia. Una vez en el lado opuesto, apareció una escolta armada que los guio a través de incontables puestos de control hasta que llegaron a una base aérea, en donde, para su tranquilidad, vieron los aviones Hércules que los esperaban para evacuarlos.

Uniéndose a centenares de otras personas en un hangar enorme, la familia se dirigió al compartimento de carga y encontró un lugar en el piso en donde se podían sentar. Muy pronto el avión comenzó a rodar sobre la pista. Finalmente, las ruedas se despegaron del suelo y el avión se elevó por el cielo nocturno —y entonces supieron que estaban a salvo.

Dios condujo a la familia Torres a través de cada momento de crisis —desde la incertidumbre en el corredor, hasta el cielo nocturno por encima de la zona de guerra. Al rendirse a Dios encontraron la paz —no al saber cuál sería el resultado, sino al saber que Dios estaba con ellos y que él es quien está al control.

La versión original la publicó la Unión Misión Oriente Medio-Norte de África.

Traducción – Gloria A. Castrejón