«Dejen que los niños vengan a mí; no se lo impidan, porque el reino de los cielos es de quienes son como ellos”  — Mateo 19:14 (NVI)

8 de junio de 2026 | Silver Spring, Maryland, Estados Unidos | Paulo Lopes, presidente de ADRA International

Hay un pasaje en los Evangelios al que vuelvo con frecuencia. Los discípulos, al tratar de manejar la multitud, alejaron a los niños de la cercanía de Jesús. Y Jesús los detuvo. Él no simplemente dejó que los niños de acercaran; sino reprendió a aquellos que los podrían mantener a distancia. “Dejen que vengan”, dice. “No se lo impidan”.

Mientras esperamos con expectativas el reconocimiento del Día Mundial del Refugiado a celebrarse el próximo 20 de junio, un día cuyo tema este año es “Hasta que cada uno esté a salvo”, no puedo leer esas palabras de Jesús sin pensar en los casi 49 millones de niños en el mundo que han sido por la fuerza desplazados de sus hogares.

Niños que no optaron por la guerra. Niños que no trazaron fronteras. Niños en movimiento.

Niños participan en actividades educativas en el Centro de Aprendizaje de ADRA en el Líbano. [ADRA / Nikolay Stoykov]

Los niños llevan la carga de lo que no han elegido

El desplazamiento afecta a cada uno que lo sufre; pero cae sobre los niños en forma diferente. Un adulto forzado a huir lleva consigo dolor, pérdida y desafíos inimaginables. Un niño en la misma situación carga con esos mismos desafíos y otros más.

Un niño en movimiento deja atrás frecuentemente todo lo que conoce. Los amigos que ama, la comunidad a la que llama hogar, la educación en la que basa su futuro y la seguridad por la que nunca tuvo que preocuparse anteriormente.

Esta es la razón por la cual los niños están siempre en el corazón de la labor de ADRA en favor de comunidades desplazadas. Los niños en el Líbano que no se han sentado por años en un aula de clases. Pequeños en Sudán que han caminado distancias que dejarían exhausto a un adulto, algunas veces sin ninguno de sus padres a su lado. Niños a través de las rutas de migración en Latinoamérica que cargan consigo recuerdos que ningún niño  debería retener. Niños en Ucrania que se estremecen al escuchar sonidos que el resto de nosotros apenas notamos.

Cuando he tenido la oportunidad de pasar tiempo con niños refugiados, lo que me más me  impresiona es algo más que la dificultad. Es más bien la resiliencia que persiste debajo de ella.

Todavía ríen cuando algo les parece gracioso. Todavía buscan la mano de alguien en la oscuridad. Todavía quieren aprender, jugar, pertenecer a alguna parte.

A pesar de lo que la crisis les haya quitado, los niños son todavía niños.

No un asunto político, sino uno humano.

La política respecto a refugiados se ha vuelto profundamente politizada en muchas partes del mundo. Personas razonables tienen diferentes perspectivas en cuanto a fronteras, capacidad, responsabilidad de las naciones. Reconozco y comprendo la complejidad del caso.

Pero un niño no es una posición política, Una niña de siete años que ha perdido su hogar no es un símbolo de un debate. Es una niña que Dios ve, conoce y ama, de la misma manera que ve y ama a cada niño que lee esto acerca de ella.

Independientemente de nuestras ideas políticas, pienso que la mayoría de nosotros tenemos la convicción básica de que los niños merecen protección. Los niños merecen seguridad. Merecen la oportunidad de crecer con su dignidad intacta. Esa convicción no es partidista. Es humana. Y para aquellos de nosotros que seguimos a Jesús, es también teológica.

No se lo impidan

Las palabras de Jesús a sus discípulos no fueron  solamente una invitación. Fueron una corrección. Los discípulos pensaban que estaban siendo prácticos —manejando la multitud, manteniendo el orden. Lo que realmente estaban haciendo era colocar una barrera entre personas vulnerables y Aquel que podía ayudarlas.

Asumo ese reto. En este mundo pleno de necesidades urgentes, es muy fácil dejar que la distancia y la complejidad del caso se conviertan también en un tipo de barrera. Sentirse abrumado y, en ese agobio, mirar hacia otro lado. Dejar que la noticia pase sin que nos cueste nada.

En ADRA, tratamos de estar cerca. Nuestros equipos están presentes en los lugares que la mayoría de las personas han dejado de contemplar. Están distribuyendo alimentos, restaurando el acceso a la educación. Proveyendo apoyo psicosocial para niños y familias que deben superar traumas, No porque sea fácil, sino porque la proximidad es una forma de lealtad.

Cada niño, todavía visible

Una de las verdades más reconfortantes en las Escrituras es que Dios ve a aquellos que pasan inadvertidos para el mundo. Agar, abandonada en el desierto, le llama “el Dios viviente que me ve”. Los Salmos recurren una y otra vez a la imagen de un Dios que está cerca de los abatidos y desolados.

Pienso que eso es todavía verdad, en el caso de cada niño cruzando una frontera con temor, de cada niño en busca de seguridad en una crisis, de cada niño sentado en un refugio temporario, preguntándose que vendrá después. Dios no los ha perdido de vista. La pregunta es si nosotros lo hemos hecho.

Este año, en el Día Mundial del Refugiado, te pido simplemente que veas. Que dejes que la historia de un niño llegue hasta ti independientemente de la distancia que te separa de él. Que resistas la insensibilidad que proviene de demasiados titulares y recuerdes que detrás de cada cifra, hay un nombre, un rostro, una vida que es importante para Dios.

Jesús no dijo simplemente “dejen que vengan”. Dijo, no se lo impidan”. Hay en ello una postura, una activa apertura del camino. Eso es a lo que este momento nos llama. No heroísmo, simplemente lealtad.

Y entonces, si tienes la posibilidad, haz algo. Da, ora, defiende, sé aquel que se niega a dejar que se rechace a los niños.

Traducción – Gloria A. Castrejón