“ No nos cansemos de hacer el bien, porque a su debido tiempo cosecharemos si no nos damos por vencidos”. — Gálatas 6:9 (NVI)

7 de julio de 2026 | Silver Spring, Maryland, Estados Unidos | Por Paulo Lopes, presidente de ADRA Internacional

En todo el mundo, los titulares suelen seguir un patrón familiar, centrándose en el conflicto, las crisis y algún acto ocasional de heroísmo que traspasa todo el ruido.

A pesar de ello, he pasado gran parte de mi vida en espacios donde rara vez llegan los titulares. Lo que he encontrado allí es otro tipo de historia.

Chav Kuch, un jefe comunitario local, se hace medir la presión arterial con el doctor A. Forrester mientras entrena a Phoane Fomeste, voluntario con ADRA Connections, en el Centro de Salud Mea Tik, provincia de Pusalt, Camboya, el 18 de marzo de 2026. [Fotografía: ADRA Internacional]

Las historias que seguimos perdiendo

Pienso en una madre en una comunidad desplazada que, semanas después de que una inundación destruyera todo lo que poseía, ya organiza a sus vecinos, comparte recursos, cuida de los ancianos y ayuda a mantener unida a su comunidad. No hay ninguna cámara apuntándola. Ningún artículo llevará su nombre.

Pienso en un anciano de iglesia que abre las puertas de su congregación tras una crisis, convirtiendo bancos en camas y una cocina en refugio. No busca reconocimiento. Simplemente está viviendo su fe.

Pienso en un líder comunitario que se queda cuando otros se van. Aparece una y otra vez, no porque tenga todas las respuestas, sino porque sabe que esa presencia importa.

Estas no son historias secundarias. Es la historia principal. El trabajo tranquilo y fiel de reconstrucción es lo que finalmente determina en qué se convierte una comunidad.

ADRA establece la formación de respuesta a emergencias tras el devastador tsunami en Asia en 2026 [Fotografía: cortesía de Michael Peach]

Un hito lleno de lecciones

Hace poco viajé a Perú para un hito que me recordó esta obra tranquila y fiel.

Hace poco más de veinte años, tras el tsunami asiático de diciembre de 2004, ADRA estableció su programa global de equipos de respuesta a emergencias (ERT) para unificar, estructurar y fortalecer la forma en que respondemos en emergencias.

Mucho antes de ser presidente de ADRA, formé parte de ese primer equipo de formación, aprendiendo junto a colegas que serían socios de por vida en el trabajo de nuestro ministerio.

Durante mi viaje a Perú ese año, un nuevo grupo de miembros del equipo de respuesta a emergencias pasó por la misma formación. Antes de eso, ADRA realizó una formación en Serbia, y pronto más empleados de ADRA serán miembros de la ERT en África Occidental y Eurasia.

En total, más de mil hombres y mujeres están ahora preparados para servir a las comunidades en sus momentos más difíciles en las dos décadas desde que comenzó el programa.

Paulo Lopes durante el tsunami en Asia de 2004 [Fotografía: cortesía de Paulo Lopes]

Aquellos a los que hemos formado, como la mayoría de los servicios de emergencia, no son conocidos fuera de los lugares donde sirven. No entraron en este trabajo para obtener reconocimiento. Aparecen porque las comunidades los necesitan.

Algo que he presenciado a lo largo de mi carrera, y que sigue conmoviéndome, es que el valor más duradero rara vez llega con fanfarria. Aparece en silencio, se queda mucho después de que las cámaras se han ido y la atención ha disminuido, y sigue avanzando de forma constante.

El valor es más que determinación

Gálatas 6:9 me ha acompañado a lo largo de muchas etapas de esta obra: “No nos cansemos de hacer el bien, porque a su debido tiempo cosecharemos si no nos damos por vencidos”.

Hay un cansancio que viene con la compasión sostenida. Los problemas no siempre se resuelven de forma ordenada. La necesidad suele persistir más tiempo del que esperamos. Hay días en los que la distancia entre lo que es y lo que debería ser se siente abrumadora.

Los adventistas de Jamaica reciben formación para la distribución de alimentos durante el huracán Melissa [Fotografía: Miguel Roth]

Sin embargo, en esos mismos lugares, me encuentro con personas que se niegan a rendirse. No porque posean una fuerza extraordinaria, sino porque algo más firme que su propia determinación los sostiene.

Creo que es la presencia de Dios activa y cercana, actuando por medio de gente común de maneras silenciosas y a menudo invisibles.

Lo veo en una abuela que enseña a niños desplazados sus primeras letras. En un líder comunitario que sigue reuniéndose con los vecinos cuando el daño parece demasiado grande. En cada acto de fidelidad que se niega a dejar que la dificultad se convierta en abandono.

La cosecha que describe Pablo no siempre es visible desde donde estamos. Pero se planta cada día: una comida compartida, una puerta abierta, un recordatorio de que alguien no ha sido olvidado.

Una invitación

Puede que usted nunca coordine una respuesta ante situaciones de catástrofe ni ayude a reconstruir una comunidad tras una crisis. Pero el valor silencioso no se reserva para circunstancias extraordinarias.

Aparece de forma constante para ayudar a alguien que está pasando por dificultades. Aparece para dar cuando dar cuesta. Aparece para, en un mundo que avanza rápido y olvida fácilmente, no dejar de preocuparse por las personas que otros han dejado de lado.

Todos estamos invitados a ser parte de esta historia. Y ninguno de nosotros tiene que hacer esta tarea por sí solo.

Porque en manos de Dios, la persistencia fiel, ofrecida en silencio y sostenida a lo largo del tiempo, nunca se desperdicia, incluso cuando la cosecha tarda mucho en llegar.

Para saber más sobre el trabajo de ADRA en todo el mundo, visite ADRA.org.

Traducción de Marcos Paseggi