El fotógrafo adventista Jonathan Lanza documentó las secuelas del terremoto en Venezuela para la iglesia y los medios internacionales, descubriendo, en medio de la devastación, que su cámara también podía ser una forma de servir.

27 de agosto de 2026 | Caracas, Venezuela | Nohemi Belandria y Noticias de la División Interamericana

Cuando Jonathan Lanza llegó al sector de Suma en Catia La Mar, en Venezuela, la escena lo detuvo en seco. Edificios de cuatro plantas se habían derrumbado unos sobre otros como piezas de una partida de Tetris. Las ambulancias rodeaban la zona mientras la gente gritaba y corría entre nubes de polvo.

“Ahí tuve que hacer una oración”, recuerda. “Se me salió una lágrima. Y me dije: ‘Jonathan, este es tu trabajo, viniste a esto. Concéntrate, tú puedes’. [Me di] un par de palmaditas, respiré y ahí empecé a trabajar”.

El fotógrafo adventista Jonathan Lanza fotografía edificios destruidos por el terremoto en La Guaira, Venezuela. Desde los primeros días tras la catástrofe, Lanza documentó su impacto para la Iglesia Adventista del Séptimo Día y los medios internacionales. [Fotografía: Elisamuel Devis]

Era el 25 de junio de 2026, un día después de que un terremoto devastara el estado de La Guaira. Lanza, un fotógrafo adventista de 36 años de Caracas, había llegado a la costa por una carretera antigua y abandonada, la única ruta que las autoridades permitían usar a los automovilistas. Aún no tenía ni idea de lo que se encontraría.

Detrás de la cámara

Lanza se describe a sí mismo como dos personas diferentes.

“Yo he sido siempre muy tímido, muy callado”, dice. “Mientras más callado, menos llamo la atención. Ese soy yo. Pero con un equipo fotográfico en las manos me cambia la manera de ver el mundo”.

Nacido y criado en Caracas, Lanza creció en la Iglesia Adventista. Actualmente ejerce como anciano y director de comunicación en la Iglesia Adventista de San Martín y como director de ministerios juveniles de su distrito.

Estudió diseño gráfico, pero cambió de rumbo tras comprar su primera cámara y ver un documental sobre un destacado fotógrafo de guerra.

“Ese documental me marcó”, dice. “Dije: ‘Esto es lo que quiero hacer’”.

Las bodas nunca fueron lo que le atrajo de la fotografía. Su interés estaba en las calles y en el trabajo documental.

Voluntarios y residentes se unen en busca de supervivientes entre edificios derrumbados en San Bernardino, Caracas, el 29 de junio de 2026. [Fotografía: Jonathan Lanza]

“Contar una historia es lo que me sale de forma natural”, dice.

El día que todo tembló

El 24 de junio fue festivo. La esposa de Lanza, Jessica, y su hija de 6 años habían salido más temprano ese día, mientras él celebraba el cumpleaños de un amigo.

A las 18:05, mientras el grupo cantaba “Cumpleaños feliz” en un estacionamiento abierto, el estadio comenzó a moverse.

“Yo fui bendecido porque no tenía ningún techo encima”, dice.

Su primer instinto aún le sorprende.

“Esto no se lo he dicho ni a mi esposa ni a mi hija: al principio no pensé en ellas. Saqué el teléfono y me puse a hacer fotos. Yo decía: ‘Si nosotros lo sentimos así, la calle debe estar conmocionada. Tengo que ir a buscar mi cámara’”.

Con la cobertura telefónica caída, Lanza subió a su moto y pasó más de una hora buscando a Jessica y a su hija. Finalmente, las encontró en casa, a salvo.

Personas trabajan entre los escombros de edificios destruidos por el terremoto del 24 de junio en La Guaira, Venezuela, el 8 de julio de 2026. [Fotografía: Jonathan Lanza]

Tras un abrazo y la seguridad de que estaban bien, Lanza salió de nuevo con su cámara.

“En mis fotos de ese primer día se nota el miedo que yo tenía”, dice.

En la zona cero

Antes del amanecer, Lanza recibió una llamada de una agencia internacional de noticias pidiéndole que documentara la catástrofe: una oportunidad que había perseguido durante años, pero que de repente cobró un peso enorme.

“No podía presentarme con cualquier foto”, dice. “Si desperdiciaba la oportunidad, había veinte o treinta más detrás de mí que la querían”.

En La Guaira, se encontró con escenas diferentes a todo lo que había fotografiado antes.

Había cuerpos. Oyó a la gente pedir ayuda desde debajo de los escombros. En un lugar, el brazo de una mujer atrapada seguía visible, moviéndose en respuesta mientras los rescatadores la llamaban.

“Eran tantas historias que a veces uno no se podía quedar con una sola”, dice.

Alexander Chirinos sostiene a su conejo junto a los restos de su apartamento dañado por el terremoto en Brisas de Maiquetía, Catia La Mar, La Guaira, Venezuela, el 27 de julio de 2026. [Fotografía: Jonathan Lanza]

Algunos de esos momentos aún le pesan.

Mientras trabajaba, Lanza seguía un principio que había aprendido de otros fotógrafos: documentar el momento sin entrometerse en él.

“Cuando tú llegas a una escena, eres el elefante en la habitación”, dice. “Todos te ven llegar con la cámara. Tu trabajo es convertirte en el mosquito, que la gente no se sienta ni intimidada ni incómoda”.

Para él, eso empieza con el respeto.

“Hay gente que solo necesita ser escuchada, y mi trabajo es encontrar a esa persona dentro de su dolor”, dice.

El respeto también significaba saber cuándo no hacer una foto.

“Muchas veces dejé de fotografiar los cuerpos de niños”, dice Lanza. “Yo sé que esas son las fotos que más venden, pero no era lo que yo quería”.

Albert Herrera, de 20 años, se sienta junto a los cuerpos de familiares el 1 de julio de 2026, tras sacarlos de los escombros de su apartamento en un complejo residencial en Los Cocos. Lanza se sentó con Herrera y compartió una comida con él en un encuentro que, según el fotógrafo, le afectó profundamente. [Fotografía: Jonathan Lanza]

Compartir el pan junto a los cuerpos

Un encuentro sigue siendo especialmente vívido para Lanza, y se convirtió en una fotografía de una manera que nunca esperaba.

Cinco días después del terremoto, cerca de un complejo residencial derrumbado en Caraballeda, vio a Albert Herrera, de 20 años, sentado en el suelo junto a dos cuerpos.

“Le pregunté: ‘¿Son familia tuya?’. Me dijo que sí”, recuerda Lanza. “Eran su madre y su hermana”.

Herrera sobrevivió porque no estaba en casa cuando ocurrió el terremoto. Su padre, madre y hermana no lo lograron.

Lanza se sentó a su lado. Durante un tiempo, no dijo nada.

Cuando los voluntarios empezaron a repartir bocadillos, Herrera ofreció el suyo a Lanza.

“Me dijo: ‘Ven, acompáñame a comer’”, recuerda Lanza. “Yo no quería comer ese pan, pero entendí que era su manera de acompañarse”.

Ambos comieron juntos mientras esperaban a que se llevaran los cuerpos.

Una mujer llora en La Guaira, Venezuela, el 28 de junio de 2026, días después de que poderosos terremotos devastaran comunidades en toda la región. [Fotografía: Jonathan Lanza]

“Podría haber tomado esa fotografía desde lejos con un teleobjetivo, y él nunca lo habría sabido”, dice Lanza. “Pero compartir ese momento con él, eso es lo que se quedó conmigo”.

Cuando la lente se convierte en servicio

Con el paso de los días, Lanza dice que su hija le ayudó a mantenerse con los pies en la tierra. También lo hizo una convicción que se fortalecía con cada fotografía que tomaba.

“Cada vez que hacía una foto, hacía contacto con alguien que lo había perdido todo, y yo lo sentía como mío”, dice. “Sentía que eran mis hermanos los que estaban muriendo”.

Mientras documentaba la devastación, Lanza empezó a ver su cámara no solo como una herramienta profesional, sino como su forma de servir.

Cuando la División Interamericana y la Asociación General publicaron fotografías documentando el desastre, muchas fueron suyas. Lanza también puso sus imágenes a disposición de la organización local de la iglesia para apoyar los esfuerzos para recaudar ayuda para las comunidades afectadas.

“Puede que no tenga medios para comprar un camión lleno de agua, que tanto se necesita en La Guaira”, dijo. “Pero mediante una fotografía que aparece en portada, alguien de fuera la ve y ayuda. Quizá no sea yo quien va a predicar, pero esta es mi forma de ayudar”.

Una mujer que sostiene a su perro se encuentra frente a los escombros de edificios derrumbados en La Guaira, Venezuela, el 28 de junio de 2026, tras los terremotos que sacudieron la región. [Fotografía: Jonathan Lanza]

Para Lanza, ese servicio es también una expresión de fe, una que prefiere demostrar antes que anunciar.

“Tus hechos tienen que hablar más que tus palabras”, dice. “Quiero que, por medio de mi trabajo, la gente vea que soy adventista, sin que yo tenga que decirlo con la boca”.

Lo que dejó el terremoto

Semanas después, Lanza sigue procesando lo que presenció.

Hubo días en los que decidió no regresar a La Guaira. Hubo días en que lloraba.

La experiencia le ha enseñado a prestar atención a su bienestar mental y a proteger a su hija pequeña de las imágenes más perturbadoras que ha documentado.

Aun así, cree que algo significativo puede surgir de la devastación.

“Quizás ahora estamos sufriendo, pero dentro de unos años vamos a poder dar gracias, porque gracias a este terremoto se salvaron muchas vidas y mucha gente se acercó a Dios”, dice.

La catástrofe también sacudió su propia vida espiritual.

Jonathan Lanza reflexiona sobre el sentido de responsabilidad que siente tras la cámara. “Sin la cámara, no me habría atrevido», dice. «Pero con el equipo fotográfico en mis manos, siento la responsabilidad de documentar esta historia.» [Fotografía: Elisamuel Devis]

“Desde niño estamos escuchando que Cristo viene, y uno se acostumbra”, dice. “Pero cuando te toca algo así, dices: ‘Es verdad’”.

Durante una reflexión en la iglesia, se preguntó a los miembros si, si habían muerto en el terremoto, estaban seguros de su salvación.

“Ahí uno reflexiona”, dice. “De verdad no sabemos qué va a ocurrir mañana, y hay que estar verdaderamente [tomado] de la mano de Dios”.

Tras fotografiar edificios derrumbados, familias en duelo, esfuerzos de rescate y vidas interrumpidas en cuestión de segundos, Lanza sabe lo que espera que la gente vea al ver sus imágenes.

“Que no todo está perdido”, dice. “Que cuando la noche está más oscura, es cuando ya va a amanecer”.

Traducción de Marcos Paseggi