El capitán rescatista adventista, Robinson Navarro, reflexiona sobre vidas salvadas, pérdidas dolorosas y la fe que lo sostuvo tras el terremoto en Venezuela.
3 de septiembre de 2026 | Caracas, Venezuela | Nohemi Belandria y Noticias de la División Interamericana
Cuando el suelo empezó a temblar, el capitán Robinson Navarro estaba en la segunda planta de la estación de bomberos de Caracas, que era su base. Al principio, no le dio mucha importancia. Días antes, se había producido un temblor que sus compañeros ni siquiera habían notado. Pero esta vez, el temblor se intensificó y no cesó. En cuestión de segundos, llevó a cabo la evaluación que requiere su formación.
“Si bajaba, había dos losas que podían caerme encima”, recordó. “Donde yo estaba, solo había una”.
La salida estaba demasiado lejos, así que Navarro decidió que la opción más segura era quedarse donde estaba. Mientras el temblor continuaba, secciones del techo empezaron a caer sobre él.

El capitán Robinson Navarro, de la División de Rescate y Operaciones Especiales del Departamento de Bomberos de Caracas, aparence frente a un edificio destruido por el terremoto de La Guaira, Venezuela. Navarro, que ha sido rescatista durante 18 años y anciano en la iglesia adventista Central en Carayaca, trabajó entre los escombros desde el primer día de la catástrofe. [Fotografía: Elisamuel Devis].
El 24 de junio de 2026, cuando un terremoto devastó el centro de Venezuela, incluido su estado natal, Navarro fue llamado a responder a una catástrofe que había afectado las cercanías de su casa.
Comienza el rescate
Cuando cesaron los temblores, se aseguró de que su equipo estuviera a salvo y pensó en su familia. Las comunicaciones estaban caídas.
“Uno está pendiente de la familia, pero cuando estás ayudando a alguien en dificultad, la mente se bloquea y se dirige solo a buscar la solución”, explicó. “Yo confiaba en que Dios había cuidado de ellos”.
Llegaron informes por radio. Primero, una evacuación en un centro comercial en el centro de Caracas. Luego en San Bernardino, un distrito de Caracas.
“Esa fue la sorpresa: edificios completamente desplomados, personas aprisionadas pidiendo auxilio”, contó.
Algunos quedaron atrapados junto a seres queridos que habían fallecido y no querían que los rescatistas los trasladaran. Navarro explicó que la prioridad debía ser llegar a quienes aún seguían vivos.
“A veces uno tarda dos, tres, hasta seis horas en sacar a una sola persona”, dijo.

Robinson Navarro analiza los daños causados por el terremoto en La Guaira, Venezuela, la región de la que él proviene y donde prestó servicios como rescatista tras la catástrofe. [Fotografía: Elisamuel Devis]
En un edificio derrumbado, un equipo ya trabajaba para localizar a un hombre atrapado, un funcionario retirado de unos 60 años. Podían oír su voz, pero tuvieron que retirar escombros para encontrarlo. Cuando finalmente llegaron a él, solo se le veía parte de la cabeza. Luego informó a los rescatistas que más abajo estaban sus vecinos, una pareja que también estaba viva.
“Saber que podíamos salvar a tres personas nos llenó de esperanza”, recordó Navarro.
Durante más de cuatro horas, trabajaron en medio de réplicas que les obligaban a retirarse repetidamente. Le limpiaban la cara, le daban agua y lo animaban. Pero cuando llegaron a su brazo, atrapado bajo una puerta, Robinson sintió algo que le alarmó.
“Cuando toqué su brazo, estaba demasiado frío. No había llenado capilar. Esa extremidad ya estaba muerta”.
Estaba sufriendo de síndrome de aplastamiento, una condición potencialmente mortal que puede producirse cuando se libera una extremidad atrapada. Aplicaron un torniquete, colocaron una vía intravenosa y siguieron los procedimientos de emergencia.
“Conseguimos sacarlo con vida, pero cuando llegó al hospital, no lo logró”, dijo, con la voz quebrada. “Eso nos partió el alma por el trabajo que se hizo y el tiempo que compartimos con él”.
Sin embargo, la pareja atrapada debajo de él fue rescatada con vida, en parte gracias al hombre que, aunque él mismo seguía atrapado, guio a los rescatistas hasta su ubicación.

Los rescatistas trabajan a gran altura entre estructuras dañadas en La Guaira, Venezuela. Escenas como esta reflejan las difíciles condiciones que enfrentó Robinson Navarro durante los días que dedicó a responder a la emergencia y ayudar a rescatar a personas atrapadas entre los escombros. [Foto: Jonathan Lanza/Facebook]
Antes de que el equipo partiera hacia La Guaira, uno de los compañeros de Navarro sugirió que oraran y le pidió que él elevara la oración.
“Decían: ‘¿Dónde está Navarro? Llamen al evangélico’”, recordó con una sonrisa. “Oré por ellos, y los chicos quedaron muy contentos. Eso despertó el lado espiritual de muchos de mis colegas”.
Después de eso, quisieron orar antes de cada operación.
Navarro dijo que su fe también influyó en su manera de responder a las personas en momentos de angustia. Cuando alguien reaccionaba con ira, tomaba a la persona aparte, escuchaba y hablaba con calma con ella, compartiendo a veces con ella un pasaje bíblico.
“‘La blanda respuesta quita la ira’, dice la Biblia, y es algo que pusimos en práctica”.
Navarro dijo que su fe le llevó a ver a cada persona que encontraba como un hijo de Dios. También se inspiró en la presencia de brigadas médicas de la iglesia, voluntarios de ADRA y equipos internacionales que apoyaron la respuesta.
“Ver un símbolo de la iglesia allí nos dio fuerza. Uno dice: ‘No estamos solos. La iglesia nos apoya’”.

Miembros de la División de Rescate y Operaciones Especiales se reúnen en su estación de bomberos en Caracas, Venezuela. El capitán Robinson Navarro aparece en el centro, en la parte inferior de la fotografía. [Foto: Cortesía de Robinson Navarro]
“Ahí fue donde más me impactó porque era mi hogar, el lugar donde conoces a la gente”, dijo.
Su propia casa en Carayaca también había sufrido daños, incluyendo una gran grieta en una columna del dormitorio de su hijo. Pero cuando Navarro llegó, encontró consuelo en abrazar a su hijo.
Los 39 segundos
Dos meses después, Navarro aún conserva las imágenes de lo que presenció. Ha respondido a terremotos y huracanes en otros países, pero, dijo, “no es lo mismo cuando ocurre en tu propio país”.
Un detalle se le ha quedado grabado: el terremoto duró unos 39 segundos.
“A mí, pareció una eternidad”, dijo Navarro. “En esos 39 segundos, la gente tuvo tiempo para reflexionar, tomar decisiones y volverse a Dios. Ahí es donde encuentro esperanza”.
Esa esperanza ha ayudado a Navarro a procesar las vidas perdidas en la catástrofe.

El capitán Robinson Navarro (tercero desde la izquierda) revisa los planos junto a miembros de la División de Rescate y Operaciones Especiales durante una operación en Caracas, Venezuela. [Foto: Cortesía de Robinson Navarro]
“Incluso en sus últimos momentos, como el ladrón en la cruz, alguien pudo haber elegido seguir al Señor”, dijo Navarro. “Tengo fe en que los volveremos a ver”.
La experiencia también cambió su perspectiva sobre lo que realmente importa, dijo.
“Las cosas materiales las podemos perder en 39 segundos. Lo más importante es mejorar la relación con nuestra familia y mantenernos fieles al Señor”.
Para quienes lo perdieron todo, o cuya fe se vio sacudida por la tragedia, Navarro señala la misma convicción que le sostuvo durante toda la respuesta.
“Dios tiene el control de todas las cosas”, dijo. “En lugar de preguntarnos por qué ocurrió esto, preguntemos qué puede enseñarnos Dios por medio de ello. Eso puede ayudarnos a entender su propósito para nuestra vida”.
Traducción de Marcos Paseggi