En muchas partes de América Latina, el Caribe y América Central, la libertad religiosa suele entenderse como el derecho a rendir culto a Dios. Sin duda, ese es su centro, pero no constituye el panorama completo. La libertad religiosa también incluye la libertad de seguir la propia conciencia, de expresar las propias convicciones de forma respetuosa y de vivir sin coacción por motivos de fe—o por falta de ella.

Para los adventistas del séptimo día, ese principio reviste un significado especial. Nuestra historia nos recuerda que la libertad de conciencia no está garantizada por el mero hecho de que seamos un pueblo religioso. Tiene que ser protegida entre todos.

Hoy en día, los asuntos públicos y la libertad religiosa se enfrentan a nuevos desafíos. Algunos se manifiestan en las políticas gubernamentales o en las sentencias judiciales. Otros surgen en los lugares de trabajo, en los centros educativos, en las redes sociales y en las conversaciones familiares. Un comentario imprudente en Internet puede generar recelo hacia toda una comunidad religiosa. Un malentendido sobre las creencias de una persona puede derivar en discriminación. Al mismo tiempo, los debates políticos y religiosos se están polarizando cada vez más, lo que dificulta expresar un desacuerdo sin caer en la hostilidad.

En ese contexto, cada miembro de la iglesia tiene un papel que desempeñar.

En primer lugar, debemos informarnos. La libertad religiosa no es un tema abstracto reservado a abogados, pastores o administradores. Afecta a la observancia del sábado, a la educación, al empleo, a la migración, al acceso a los servicios públicos y a la capacidad de las comunidades religiosas para servir a la sociedad. Los miembros deben conocer los principios básicos de la libertad religiosa en sus países y comprender cómo solicitar ayuda cuando se vea amenazada su conciencia.

En segundo lugar, necesitamos comunicarnos con sensatez. Defender la libertad religiosa no implica atacar a otra confesión religiosa, a un partido político o a una institución. Nuestro objetivo no es conseguir un trato especial para los adventistas, sino promover la igualdad de trato para todos. Cuando nos expresamos públicamente, escribimos a las autoridades o participamos en Internet, nuestras palabras tienen que ser precisas, corteses y constructivas. Un argumento sólido pierde fuerza cuando se expone con desprecio.

En tercer lugar, debemos establecer relaciones antes de que se produzca una crisis. Las relaciones públicas no consisten únicamente en reaccionar cuando surge un problema. También implican escuchar, cooperar y fomentar la confianza con los responsables gubernamentales, los líderes comunitarios, los educadores, los periodistas y las personas de diferentes confesiones religiosas. Cuando las comunidades nos perciben como ciudadanos honestos que se preocupan por el bien común, es más probable que nuestra voz sea escuchada toda vez que la libertad religiosa se vea amenazada.

En cuarto lugar, necesitamos vincular la libertad con el servicio. La libertad religiosa nunca tiene que convertirse en una exigencia egoísta de que se nos deje en paz. Nos brinda el espacio necesario para servir a los demás según nuestra conciencia. Los hospitales, las instituciones educativas, los ministerios humanitarios y las congregaciones adventistas locales demuestran que la libertad resulta más convincente cuando da lugar a la compasión, la integridad y la ayuda práctica.

El apóstol Pablo expuso un principio que resulta especialmente relevante hoy en día: «Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos» (Romanos 12:18, NVI). Esto no significa permanecer en silencio ante la injusticia. Significa que nuestra defensa de la verdad tiene que reflejar el carácter de aquel a quien afirmamos representar.

En los próximos meses, los líderes y los miembros pueden dar tres pasos sencillos: informarse sobre la situación real de la libertad religiosa en sus comunidades, expresarse de forma responsable en los espacios públicos y digitales, y buscar oportunidades de colaborar con otras personas en la protección de la libertad de conciencia. Necesitamos enseñar a nuestros hijos no solo en qué creemos, sino también por qué los demás necesitan ser libres de creer de forma diferente.

La libertad religiosa es algo más que un principio jurídico. Es una expresión práctica del amor hacia el prójimo. Cuando protegemos la libertad de los demás, contribuimos a preservar nuestra propia libertad y damos testimonio de un Dios que invita en lugar de coaccionar.